miércoles, 13 de diciembre de 2017

 "Sesos en estado de gracia"

Laboratorio de escritura y teatro

Talleres literarios on line o presenciales.
Adultos - Adolescentes

Coordinación : Cristina Merelli.
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*Los textos de este blog son producto de los trabajos realizados por integrantes de los talleres On line o presenciales.


*Modalidad:
Se trabaja con consignas y/o textos propios.

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Personajes.
Inés Suarez


LA ESFINGE

La escultura era enorme, gigantesca, de un tamaño increíble. Y tan alta como un rascacielos de Dubai. Los tres exploradores, provenientes de diferentes lugares del planeta, habían luchado contra todo tipo de peligros para llegar, por fin, hasta ella.
Sobrevivieron al ataque de tribus salvajes, caníbales dispuestos a cocinarlos a la parrilla; a la selva densa, húmeda, oscura; a las alimañas que surgían inesperadamente de cualquier hoja o raíz; a los feroces habitantes de la fronda; a los mosquitos perseverantes, ruidosos, molestos y crueles, más chupasangre que Drácula. A puro machetazo, cargando sus pesadas mochilas, con los pies doloridos y todo el cuerpo hinchado por las picaduras y el roce con hojas ásperas, aserradas o puntiagudas, no cejaron en su empeño hasta encontrar la esfinge. Se hallaba escondida en medio de los tupidos árboles, bajo espesas capas de hiedras y lianas, completamente cubierta de musgos espesos.
Con su única arma, el machete, limpiaron el monumento de la suciedad que la cubría. Entonces apareció, esplendorosa, magnífica y casi intacta, “Renupuso”, representación simbólica del dios de los aires, de los vientos y las nubes, recuerdo mítico de una cultura ya desaparecida. La selva la había preservado con celo extremo desde hacía miles de años, justo hasta ahora, como destinada a que su secreto fuera develado por estos tres científicos aventureros.
Con forma de tetraedro, una ancha y alta escalera llevaba a los fieles a las cuatro explanadas donde, a diferentes niveles, los sacerdotes difundían su culto. A la quinta se llegaba por una escalera más angosta y empinada que alcanzaba el pie de la estatua, el Dios, estaba representado por un magnífico y gigantesco pájaro de piedra totalmente tallada y pintada de múltiples colores, cuyos vestigios se conservaban todavía. La extraña ave no pertenecía a ninguna especie conocida: era un monstruo de cien cabezas con picos enormes y abiertos, como si quisieran tragarse a los peregrinos. Las alas desplegadas medían varios metros. El conjunto era colosal, cubierto en su totalidad de ideogramas grabados en su cuerpo.
En la remota antigüedad de su origen, el dios era alimentado con sacrificios humanos, en especial los prisioneros de otras tribus caídos en las guerras.
Las leyendas contaban que los vientos y el aire nacían de su aliento y las nubes, ―que después se deshacían en lluvias―, de las lágrimas de sus ojos.
Todo el pueblo le rendía culto, su poderío inmenso lo hacía dueño de las siembras y de las cosechas, de las cuales dependían el alimento y la economía de la nación.
Sin embargo, a pesar de su magnificencia y su naturaleza divina, no podía reproducirse por sí mismo: dependía de las hábiles manos del hombre y de la dura piedra para sobrevivir en la Tierra.

2 SINSUMITO

Sinsumito vive en el bosque. No lo busques, pues no lo vas a encontrar. Él es un enanito, de esos gnomos como los que aparecen en los libros de hadas. Ellas sí lo conocen, porque son sus vecinas.
Sinsumito no es un duende común, ¡no señor! Su cabeza es más grande que su cuerpo y la tiene alargada como un huevo. Su pequeño torso, de la cintura a la punta de los pies, mide menos que su cabeza, pero es tan fuerte y morrudo que la sostiene sin problemas. Los pies son enormes y sin dedos, aunque tres tienen sus manos, al final de cuatro largos brazos en forma de caracol. Luce un gorro puntiagudo color rojo que combina perfectamente con su piel azul y su traje anaranjado. Cuelga de su cinturón un cuerno de plata; cuando Sinsumito lo hace sonar, los habitantes del bosque saben que ha llegado la hora de ir a dormir. El rey del bosque le ha encomendado esa tarea: tocar el cuerno de plata y llamarlos al reparador sueño nocturno.
Sinsumito maneja muchos idiomas: el de las flores, el de las plantas, el de los árboles… Puede conversar con las aves, grandes y pequeñas, con los ágiles cervatillos, los hurones, las ardillas y los castores del arroyo. También se entiende con los peces del agua, la hierba de los prados y las abejas en sus colmenas, colgadas de las ramas.
Todo el mundo en el bosque ama a Sinsumito, porque es alegre y generoso. Ayuda a abrirse a los pimpollos remolones, cuida a los pichones mientras sus padres les buscan comida, y las arañas le agradecen cuando se trepa para arreglar las telas estropeadas por el viento.
Sus mejores amigas son las hadas, que revolotean a su alrededor mientras él admira las transparentes y coloridas alas que se mueven tan veloces como las del picaflor.
En las noches oscuras, cuando la luna apenas ilumina y las estrellas se esconden tras las nubes, Sinsumito silba para que los hombres no pierdan su camino entre la espesa fronda y lleguen sanos y salvos a sus hogares, donde los esperan con ansiedad y cariño.
Si el sol alumbra, Sinsumito duerme en su mínima cueva en el hueco del árbol que lo acoge, siempre atento a lo que sucede a su alrededor. A veces se reúne con otros gnomos a bailar en el centro del bosque, emborrachándose con el azucarado néctar de las flores.
En fin… Sunsumito vive pero su vida es invisible a los ojos humanos. Sin embargo, si andás por el bosque y escuchás el retumbar de un cuerno de plata, de seguro es él que nos avisa que ha llegado el momento de dormir.

3 GRACUMITO
El nombre se lo puso la familia, cuando recién llegó, porque es redondo, chato y chiquito, con una luz en el borde de adelante. Según qué hace, se enciende la amarilla o la verde. Gracumito recorre la casa husmeando por los rincones, los zócalos y debajo de los muebles. Es muy trabajador; no participa de huelgas, piquetes ni protestas. Nunca se queja por nada y su horario puede ser tan amplio como el del cielo. Cariñoso, a veces se acerca a algún miembro de la familia para recibir un saludo, un mimo o una felicitación. En esas ocasiones, sus luces se apagan y encienden veloz y alternativamente: amarillo, verde, amarillo, verde…
Cada mañana, la mamá lo busca en su cucha, le da las instrucciones, se despide y lo deja para que él mismo recorra la casa a la caza de ratones, cucarachas u otras pequeñas alimañas. Si encuentra una viva, lanza un rayo celeste por un agujerito. Si está muerta, se enciende la luz azul. Mientras labora, la amarilla permanece prendida.
Todos en la familia lo aman. También los amigos. Porque Gracumito es adorable: ¡“Sos el robotito más lindo que conozco!, exclama Fito, el menor de los chicos y le planta un beso en la tapa de arriba.
Sólo necesita una batería de celular para alimentarse y quedar satisfecho por 24 horas.
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 Mujer entre las bardas –

Inés Suarez







   ¿Y ese banco? ¿Qué hace ahí? Solitario e insólito en plena estepa patagónica. ¿Quién lo puso? ¿Para qué y para quién? Tal vez para esta mujer de cabellos grises que hace un alto en el camino a descansar, antes de continuar su viaje. ¿A dónde va?
Pasan las horas; cuando el sol ya está alto, se levanta con cierta dificultad y recomienza su marcha. Toma una de las tantas huellas que se cruzan y entrecruzan en las laderas de las bardas. Parece no advertir las zarzas espinosas que rasgan su vestido o rasguñan su piel. A veces amenaza caer cuando pisa uno de los grandes cantos rodados que tapizan los cañadones secos. Así sigue durante kilómetros, entre espinos, arbustos de ramas secas y torcidas, sedientos sobre el suelo arenoso y estéril. Solo ellos la acompañan, ningún otro ser se observa a su alrededor. Algún insecto se aventura por entre las cuevas de los matorrales y huye rápidamente. Los senderos a veces se hacen tan angostos que la mujer debe transitarlos de costado, para no quedar prendida de las zarzas. Sube y baja, sube y baja con esfuerzo las laderas de piedra y arcilla. El estrecho camino es duro y el sol reverbera sobre las piedras y convierte el aire quieto en un muro ardiente. Como si todo fuera a estallar en un llameante incendio. Brillan las piedrecillas mezcladas con el polvo y relucen las estrías multicolores de las faldas de las bardas. Necesita ascenderlas si quiere llegar a la planicie. A veces resbala unos centímetros en los bruscos descensos o en las empinadas subidas, porque los pedruscos son filosos, están sueltos y los pies no alcanzan a sujetarse en ellos. Cada desliz es una amenaza de caída, de huesos quebrados, rodillas raspadas, tobillos torcidos, manos heridas…
Ella sigue, empecinada, sin advertir los peligros, el calor o la distancia. Lentamente, va engullendo metros y más metros, kilómetros de roca, de tierra, de espinos. Cuando asciende la última altura, ve ante ella extenderse la infinita pampa patagónica, sin bosques ni selvas, sin agua ni pájaros, sin flores ni casas. Nada cambia, excepto los cañadones por la planicie.
La cruza con su paso cansino pero constante. Vuelve a devorar metros y más metros, kilómetros de roca, de tierra, de espinos. En el horizonte, divisa la corriente azul del río, que corre encrespado, encajonado entre álamos y sauces. Allí está su meta. La chacra de su familia, recostada sobre la ribera, con sus sembradíos fértiles, sus arboledas verdes y sus animales pastando. Su chacra, que no es ya su chacra.
Suyo es el cementerio dentro de la chacra, donde están enterrados todos sus muertos. Allá va, a morir con ellos. Por fin abrazada en el amor fraternal de su familia, descansará del largo camino. Por fin, allá, la paz.


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La ventana

Bibiana Naveyra



La mina debe pensar que revoleando los pelos va a conquistar al chabón...y dale a cada rato con la ventana, ni que fuera un espejo – no soporto esas cosas –
Ella derechita en la silla lo mira a los ojos, haciéndose la sabionda…pero sigue con las manitos  que para allá y para acá. El mozo les lleva la comida,   los mira  siempre hace lo mismo: deja los platos en la mesa y mira a los clientes, como diciendo “espero que estés conforme”; pero ella, como cree que todos tocan en su orquesta le hace risas como una marmota. 
En mi trabajo veo montones de cosas así, y peores.
   A éstas ya las tengo re caladas.
El chabón está dele chamuyo, con ese corte de pelo más raro que no sé qué; pero es más tranqui que ella.
   Hace un rato les dejé una caja de curitas, dos biromes y tres paquetes de pañuelos; los corrieron al borde de la mesa.
Me senté en un rincón a tomar un café con leche y descansar un poco.
¿Puede ser que ya esté mirando al nuevo? En la mesa de enfrente se les sentó un tipo solo.
Le voy a dejar algo a él también, por ahí me compra y de paso, relojeo de cerca.
   El de la caja me mira con una cara… yo no hago nada de malo…
¿Me parece a mí o la mina está buscando que la miremos todos? “¿qué te pasa piba con el mundo? Estas con alguien… para, bajá un cambio…” Si será raro, que yo no le puedo sacar los ojos de encima y eso que me parece una pelotuda de aquellas.
Bueno voy a seguir con la venta. Por suerte siempre cae alguno.
   Uy me llama el nuevo, le dejé biromes de tres colores; me compró la negra y lo enganché con un cuaderno. No paraba de hablar por celular, está en la de él, ni la mira a la estrellita, me gusta, así baja los humos la blancanieves.
   Se largó a llover a cántaros. Ahora todos miran para afuera, hasta piedra cae y se puso todo gris. Los que pasan también fichan para adentro. Parece que las ventanas son de todos, muñeca de oferta, fuiste, y tené cuidado con el espejo, a ver si te encontrás del otro lado con un pordiosero empapado que arrastra las hilachas de los pantalones mugrientos ¡el cagazo que te llevarías!
   Ya era  hora de irme. Fui a buscar las cosas de la venta y las metí en la mochila.  Ni me registraron, los platos con las sobras estaban cerca, y manotee re rápido que ni yo misma me di cuenta, unos restos de milanesa casi entera y dos panes; salí rápido para llevarle al Míster,  el gato que cuido de la casa abandonada de la otra cuadra.

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Mujer frente a los médanos - MATILDE

Ángeles Meiji – Puerto Madryn




Descolgó el tapado, total tapa la ropa de entrecasa, pensó. Se lo puso y salió a vencer esta clausura que se había impuesto.
No eligió el destino, ahora era difícil decidir pero sus pies tomaron la ruta conocida, enfilaron para el sendero que descendía suavemente y se alejaba de las casas.
El sol a sus espaldas dibujaba una sombra extraña, encorvada, sobre la blanca caliza.
Intentó  pensar en nada pero era casi en vano alejar los recuerdos, los rostros que se sucedían, todo mezclado.
Imposible dejar de pensar, de pensar, de pensar. Parecía una carrera de moscas como cuando se corta la televisión y en la pantalla se multiplican los puntos negros en movimiento.
Se detuvo un momento para suspirar profundamente, en estos días lo hacía con frecuencia. Llevó las manos al centro del pecho, el dolorcito no se iba.
Caminó lentamente hasta el banco y allí se dejó caer.
La sombra se volvió oblicua y delgada, llegaba hasta el borde del sendero y trepaba la arena.
Pensó que estaba sola como el paisaje marino en invierno..
Su mirada se montó a las dunas que recortaban el turquesa del mar, los retazos de arena aparecían como puntos suspensivos de playa.
En realidad estaba luchando contra esa soledad, lidiando con los silencios y con la cama tan grande. Desechaba las invitaciones de sus hijos aunque no quería herirlos, no quería recibir la piedad en sus miradas.
Matilde acarició el banco, estaba tibio, vacío pero tibio, el sol no se había escapado aún.
Se puso de pie y regresó por el sendero hacia el poniente, la sombra la siguió sumisa a sus espaldas.
El horizonte se teñía de rojo, una red de lazos negros se arremolinaba espesa. Avistó un chispazo eléctrico entre las nubes como una bengala.
- Se acerca una tormenta – murmuró.


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Barcelona

Ángeles Meiji – Puerto Madryn





Sabía que sus días estaban contados, palpó el tajo en el labio, rastro de aquella tarde violenta, descorrió la cortina y adivinó la presencia de los falangistas apostados en la puerta por el brillo rojizo de sus cigarrillos;  también estarían en la trasera, esa que ya no usaría para hacer la salida a la plaza, siempre custodiada.
Ahora estaba definitivamente prisionera en el palacio, un ciervo herido a la espera del cazador.
El monumental palacete estaba ubicado en los altos, construido en una loma desde donde se veía el mar. Don Juan Ruiz Paredes, su propietario, había tenido que abandonarlo frente al avance de los nacionales y así permanecía como una casa  abandonada, muy conveniente a los intereses de los franquistas.
Las rejas, corroídas por el aire marino, habían perdido su esplendor, el jardín, alborotado por el descuido, crecía a su antojo desbordando canteros en los que se mezclaban el césped crecido con las rosas. La real escalinata de mármol de la entrada estaba oscurecida por el barro y las hojas podridas que habían colonizado los escalones. Alguna persiana había cedido a los arrebatos del viento y la pintura de las paredes se descosía en finas hojas.
Nadie reparaba en la principesca construcción, perdido su lustre, cualquier vecino hubiera asegurado que estaba desierta y que los guardias se hallaban apostados para impedir el saqueo.
Carmen era la querida del general Rodrigo Pérez de Lucerna, solitaria habitante de la casa, dueña de inmensos salones vacíos.
Nunca sabía cuándo la visitaría para recibir sus favores y deleitarse con las eróticas danzas que tanto lo complacían. Imposible lucir los hermosos vestidos que le regalaba y con los que debía desfilar para después someterse al lujurioso trabajo de dejarse desnudar lentamente.
La joven había perdido su hermano y a su padre en los bombardeos de Barcelona  y juró vengarse del régimen.
Largo tiempo le llevó complicarse con las células republicanas. Averiguó que el general asistía con frecuencia a los cabarets de la Barceloneta; sus contactos le permitieron obtener un trabajo de cantante en “La farola “, un bar portuario al que asistía Pérez de Lucerna.
No fue difícil que se acercara  ni que cayera rendido a sus complacientes caricias, todos sabían sus debilidades.
Los rojos sospechaban que en el  sótano de los Ruiz Paredes funcionaba una cárcel en la que se alojaban varios compañeros y así se lo dijeron a Carmen.
Era muy probable que allí la alojara el militar
La joven aceptó el riesgo, la imagen de su hermano destrozado por las bombas alentó su sacrificio. Debía descubrir la prisión subterránea y transmitir su ubicación.
Sus compañeros vigilaban el castillo, era casi imposible descubrir un movimiento, la casa era un bastión abandonado.
Carmen consiguió ganar la confianza del general con los placeres que él prefería. Aparecía de pronto, obsequioso y exigente, cargado de paquetes, la mayoría de atrevida lencería.
La joven no lograba adivinar por dónde se escabullía su amante, pensaba que si lograba encontrar el lugar secreto cumpliría su cometido.
Al tiempo, Pérez de Lucerna, confiado, relajó la estricta esclavitud de su querida y comenzó a permitirle esporádicas salidas a la plaza cercana, siempre custodiada celosamente.
Pasaba sus días sola en los decorados salones, esclava reina de una prisión dorada.
Palpaba paredes y levantaba tapetes buscando la entrada a algún pasadizo oculto.
Una mañana, buscando un libro en la biblioteca, al sacar un volumen de poemas, un panel completo giró sobre sí mismo y dejó a la vista un oscuro pasadizo iluminado por pequeñas antorchas en la pared. Un olor fétido a desperdicios y podredumbre la envolvió. Carmen temblando bajó algunos los escalones, tomó la antorcha que pendía de los muros húmedos y alumbró el resto de la escalera.
Al momento escuchó quejidos y llantos que le impidieron avanzar, colocó la antorcha en su lugar y regresó sobre sus pisadas con el corazón paralizado por el miedo, había descubierto la cárcel subterránea.
 Colocó el libro en su lugar y cayó sobre un sillón con el pecho agitado, la respiración entrecortada y empapada en sudor que le congelaba el alma.
Volvió a la habitación, se tiró sobre la cama y pensó en la terrible imprudencia que había cometido. Cuando recobró la compostura tuvo conciencia de que ahora venía lo peor, ponerse en contacto con sus compañeros e indicarles el camino hallado.
Habían acordado con anterioridad una señal desde la ventana del contrafrente, cuando descubriera su objetivo, agitaría tres veces el visillo que una persiana rota dejaba entrever.
En sus próximas salidas a la plaza, calzaría unos zapatos de tacó el que debía contener el mapa de la casa y la clave de la biblioteca. Mediante un ingenioso mecanismo accionado con el pie la tapa del tacón se desplazaba y permitía vaciar su contenido.
La joven dibujó con minucioso detalle el mensaje y lo colocó en el lugar previsto.
Ese martes vistió un sencillo traje de franela con el sombrero haciendo juego.
Ya pronta avisó a sus guardaespaldas y partieron hacia la plaza en un coche de vidrios oscuros.
Carmen trataba de contener el temblor de sus manos, la agitación le había secado la boca y unas gotas de sudor le corrían por la sien.
Al bajar tropezó; sus mejillas se colorearon, el calor le asaltó el cuerpo, la vista se le nubló pero recobró la compostura y se sentó al sol con su lectura.
A pesar de la brisa fresca de otoño sintió que el saco le pesaba y las medias de seda se le empastaban en la piel.
Todo transcurrió como estaba planeado. Debajo del banco quedó el mensaje que sus guardias no notaron.
De regreso al castillo pudo recobrar el aliento y casi sonreír. Los mudos hombres que la acompañaban la ayudaron a subir por la escalerilla trasera oculta por la enredadera que la volvía invisible.
Al abrir la puerta de servicio, lo vio.
El general la esperaba. No tuvo tiempo de pensar cuando ya estaba en brazos de Rodrigo que la transportaba a través de salones señoriales, vacíos, fantasmales.
Llegaron a la cámara principal y la arrojó sobre la cama, comenzó a subir su falda, a acariciarla, a desprenderle las medias. Sus manos subían,  bajaban y besaban sus piernas con frenético deseo.
La muchacha estaba paralizada, el pánico no la dejaba pensar, los ojos fijos en esas manos convertidas en arañas de su desgracia. Los brazos intentaron apartar la cabeza que lamía los tobillos pero no podía incorporarse.
Pérez de Lucerna alcanzó en su desesperado avance el pie de la joven y al desnudarlo oprimió el mecanismo. Como un rayo pasó por su cabeza la razón de su existencia. Se incorporó agitado por un resorte al tiempo que descargaba un brutal puñetazo en el rostro de la joven.


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  LIBROS RAROS
Inés Suarez



El hombre, impaciente después de tanta espera en la sala del consultorio del dentista, se levantó y empezó a pasearse por la habitación, mientras curioseaba los cuadros y diplomas colgados en las paredes.
Atrajo su atención una estantería con libros. Pensó que se trataba de algo bastante inusitado: ¿libros en la sala de espera de un consultorio odontológico? Se dijo que, con seguridad, el profesional ya no tenía lugar en su casa y los puso allí, donde nadie parecía prestarles la más mínima mirada. Los fue sacando al azar, pero luego se detuvo en uno que sobresalía por sus tapas de cuero azul repujado con arabescos dorados. No encontró ni título  ni autor ni editorial. ¡Muy curioso!
Se sentó otra vez, con el libro en las manos, pasando con rapidez las hojas. Después decidió que sería interesante leerlo más detenidamente y descubrir quién lo había escrito y cómo lo tituló.
Las dos primeras páginas estaban en blanco. Recién en la tercera comenzaba el texto, impreso en letras grandes y redondeadas, con mayúsculas góticas también coloreadas en azul. Luego de cinco o seis hojas, sintió que la historia que contaba le parecía conocida y que, curiosamente, los nombres de personas y lugares coincidían con los de diferentes miembros de su familia, con los de amigos, conocidos, sitios que él visitaba o había visitado alguna vez.
Entoces, cayó en la cuenta de que el protagonista se llamaba como él; al avanzar en la lectura, comprobó, con sorpresa y horror, que cada línea, cada párrafo, cada carilla, contaba minuciosamente la cronología de su vida, desde el mismo momento de su concepción hasta el presente, sentado, con un libro, en la sala de espera de un dentista. Como si el libro se fuera escribiendo al mismo tiempo que él la vivía. No solo hechos, acontecimientos, personas, lugares, sino también sentimientos, emociones, pensamientos, dudas, vivencias experimentadas a lo largo de su infancia, su niñez, su juventud y su actual madurez.
Allí estaba el episodio que contaba su madre, de cuando tenía seis meses y se cayó del cambiador; cómo a los diez aprendió a caminar y a los dos, a pedir pipí y caca; la tarde de domingo en que el papá lo llevó a pasear en calesita por primera vez; el miedo al iniciar el primer grado inferior, sus peleas en séptimo, el ingreso a la secundaria, la noviecita en segundo año, etc.etc., todo todo aparecía en esas letras prolijas y precisas.
Con profundo temor, además, advirtió que cada fragmento relatado se proyectaba en el futuro, lo que iba a suceder en el instante siguiente. Eso significaba, reflexionó, que si seguía leyendo, no solo se estaría contemplando en un espejo que reflejaba su existencia en el ahora, sino también en la que le esperaba después, hasta llegar al mismo día de su muerte.
¿Quería seguir leyendo? ¿Quería saber cuándo moriría, cómo, dónde, de qué?
Justo en el momento en que se hacía estas preguntas, la secretaria lo llamó: era su turno. El hombre cerró el libro con brusquedad, lo arrojó sobre la silla y entró al consultorio.
La mujer –que había estado todo ese tiempo sentada a su lado, contemplando con curiosidad su cara progresivamente lívida y contraída en un gesto de terror–, lo tomó, lo revisó por fuera, lo abrió, pasó las dos páginas en blanco y comenzó a leer...

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REMEDO DE SANGRE

Ángeles Meiji – Puerto Madryn


 Hacía mas de cuarenta años que se había marchado del pueblo, después de la noche de su casamiento. Esposa y viuda en el mismo día, blanco de sangre su vestido blanco, rojos de sangre los azahares, rojas sus manos donde la sangre de su esposo y de Leonardo Félix se confundía.
Enterrados los dos, uno en el camposanto, el otro bajo los trigales junto a su padre y a su hermano, abono de espigas, harina de pan.
Había huido de la vergüenza y del silencio, del desprecio y la condena de todo el pueblo. No se atrevió a regresar ni para la muerte de su padre, ahora que también había fallecido su suegra decidió volver para visitar el cementerio.
Desde ese día había vivido con el alma enlutada en un pobre caserío alejado, trabajando de criada.
Confiaba en que el tiempo transcurrido hubiera borrado el odio así como había encanecido su cabello y doblado su cuerpo cansado.
Consiguió que un carrero la llevara hasta el cruce de caminos, allí se apeó con su hato al hombro e inició el regreso a su historia.
Mientras caminaba por la tierra reseca recordó aquel día y los ojos se le enlodaron, maldito cuchillo que se hunde en el pecho blando, que se le llevó la vida.
Una polvareda le advirtió que alguien se acercaba. El mozo frenó el caballo a su lado.
-¿Dónde vas anciana?
-A Torrejas.
-El trecho es largo para tus años, si te animas te llevo en la grupa, para allí voy ¿Tienes dónde quedarte?
-No, ya nada queda allí, solo los muertos.
-Pues te ofrezco mi casa.
La ayudó a montar y partió, aferrada a la cintura del muchacho.
Nada había cambiado nada. La tierra uniformaba las casas de adobe, empolvaba a las mujeres y teñía las caras de los labriegos. Los trigales ondulaban en las tierras fértiles que podían haber sido suyas. Pincelada amarilla en la tristeza del paisaje.
El joven la ayudó a bajar y entraron.
-Madre, he vuelto.
Una anciana salió a recibirlo.
Al verla la alegría se le congeló en el pecho. Las dos mujeres se enfrentaron sin palabras, el odio en los ojos de una, la súplica en los de la otra.
Dos estatuas de sal cargadas de recuerdos, viudas en la misma noche hacía cuarenta años.
Se miraron en silencio atravesadas por un pasado de sangre y dolor.


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LOCOS, LOCOS DE AMOR
 GRACIELA GONZALEZ


Taller literario. Carlos Casares 2016
Coordina: Cristina Merelli
Sobre estos papeles escribía un poeta cartonero de Carlos Casares.
Graciela Gonzalez realizó la recopilación de los textos.
y sobre ellos construyó un relato.-
Guillermo se enamoró de ella cuando la vio ahí, en el palco, entre las tantas participantes para reina del girasol. Él estaba en la plaza, justo frente al palco, entre los artesanos y vendedores ambulantes que llevaban lo que podían intentando vender algo para no morirse hambre.
Bajo el sol abrasador de la tarde se habían derretido sus disquetes que nadie compraba, su rostro estaba sombrío como siempre y su pensamiento atrapado entre palabras absurdas e imágenes dolorosas.
“Mis mandíbulas y mis dedos están aterrados, hoy he visto la placita de mi pueblo tan soleada, en día de fiesta, con sus símbolos grandiosos y sus canteros llenos de gusanos”
pensaba mientras levantaba la mercadería que había dormido durante todo el día sobre la manta. Todavía tenían el olor dulzón de los sahumerios cuando los guardó en la vieja mochila de trashumante.
Estuvo a punto de levantarse e irse a su casa, esa guarida que acentuaba su paranoia, cuando un golpe de inercia lo hizo quedarse quieto ahí, tirado sobre el piso.

“Ahora estoy tirado, fumando un cigarrillo, quiero ver cuando termina todo. Quiero ver mi plaza, sin nauseas ni horrores”
se dijo en voz baja en el preciso instante que las aspirantes a reina subían al escenario. Fue entonces que vio a Luna en el palco y la eligió entre todas. Alta, pelirroja, joven casi adolescente, vestida estrafalaria, sonriente; se movía sin prejuicios, con desparpajo y respondía con audacia.
Esperó estoicamente que terminara la ceremonia, se acercó a empujones y cuando estuvo cerca bien cerca le recitó al oído un retazo de su autor preferido:
“Estar enamorado es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna”.
Luna movió su rostro hasta quedar muy cerca de la boca de Guillermo, acercó sus labios para que escuchara el número de su celular sin equívocos y después se perdió entre la gente.
Guillermo empezó a deambular sin rumbo por las calles pueblerinas, se metió en los boliches, fumó hasta apagar la sed de su cabeza y llegó al amanecer a la casa de los padres donde vivía. Miró los pisos de tierra, las paredes descascaradas, el reloj torcido en la cocina pequeña y tropezó con los ojos de su madre que le daba un mate cocido al más chico de sus hermanos; el “loquito”, el “tonto” como le decían los amigos del barrio porque iba a una escuela especial.
“Te toca a vos el cartoneo”
le gritó su padre desde la pieza. Ni desayuno, ni cama para Guillermo que tenía otras urgencias. Salió al patio trasero, repleto de papeles, cartones y desechos producto del cirujeo, llevó su celular y marcó el número deseado. Apenas atendió Luna,
“ha llegado mi noche, por eso me darás la parte de tu vida que ni tu misma tienes”
le dijo de memoria esa línea de su autoría.
“Podré escribir los versos más tristes esta noche”
le contestó Luna y cortó la comunicación.
Quedó desolado con la imperiosa necesidad de verla. La llamó varias veces más ese día y no volvió a responderle. Fue al basural a recoger residuos, rasgó pedazos de papel y en ellos le escribió palabras que fluían de su alma para entregarle uno a uno.
“Frías y oscuras como la larga noche del olvido, traspasando los muros inclinados del terror y del silencio”
pudo decirle al día siguiente cuando Luna atendió su llamado por la noche.
“Sin vos mi vida es un silencio, un aullido de perros en la perra noche. Quiero encontrarte”,
le dijo una de esas perras noches. Luna no accedió a encontrarse pero escuchaba diariamente sus poemas o los pedazos de sus textos.
Pasaron así una semana y al séptimo día de conocerse ella le dijo que por razones del reinado no podrían comunicarse por cinco días porque viajaba. Ninguno de los dos se preocupaba por los ropajes ni los protocolos del título de fantasía. Ël le leyó otro texto escrito en esos días
“escupiendo sangre andaré mientras tipos ilustres adoran sus estatuas”
aduciendo a los hombres con quienes se relacionaría en esos recorridos. Ella le respondió con el poema de Alfonsina Storni “tú me quieres alba, me quieres de espuma… una antigüedad!”.
Soltó una risa tenue y apagó el teléfono.
“Resistiendo nausea caminé hasta la esquina. Todo estaba en espantoso orden”
recitaba Guillermo mientras volvía solo a la placita donde conoció a Luna. Se sentó en un banco y escribió una carta:
“Estoy atrapado en una realidad terrible, el intento de transferirla sólo logra reflejos pálidos y alucinados. El papel, con su blancura desierta parece comprenderme mientras le hablo de mis ideas homicidas y mi impaciencia. Temo que dios no me espere para dejarme calmo, con una sobredosis de vos y así poder reir con una risa tan tonta que no alarme a nadie. Estoy rodeado pero resistiré o al menos voy a intentarlo”.
Dobló varias veces el papel en el que escribió la carta, después hizo un bollo, después lo abrió, volvió a doblar el papel escrito y lo metió en el bolsillo.
Regresó a la casa apresurado, agarró una moto destartalada y se fue a buscarla. Cincuenta kilómetros lo separaban de Luna y los pensaba hacer. Subió a la ruta, aceleró todo los que pudo mientras recordaba
“estoy rodeado pero resistiré o al menos voy a intentarlo”.
Iba ligero, muy ligero, aceleraba la moto mientras recordaba a Luna. Fue cuando mordió la banquina, la moto dio una vuelta y lo tiró en el medio de la ruta. Guillermo cayó con fuerza, golpeó sobre el cemento. Intentó arrastrase hasta los pastos del costado.
Vio venir el camión,
“una sombra camina con soberbia. Ahora estoy tirado, fumando un cigarrillo, quiero ver cuando termina todo. Quiero ver mi plaza, sin nauseas ni horrores”
apenas alcanzó a recordar las últimas líneas de su último texto.


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DE TODO COMO EN BOTICA -

INES Suarez

Un buen día decidí que ya no quería trabajar como empleada administrativa en una gran empresa. Me cansé de ser solo un número, de compartir un hueco con otras decenas de oficinistas, de permanecer ocho horas detrás de una computadora, de ver siempre las mismas caras…
Primero tuve que acostumbrarme a la idea de que iba a abandonar ese empleo seguro; después, que quedaría librada a mis propias fuerzas y, por último, que tendría que elegir un nuevo quehacer completamente diferente de lo que había hecho hasta ese momento.
Las dos primeras cuestiones las resolví en bastante breve tiempo, pero la tercera me devanaba la cabeza. Pasé noches y noches en vela, buscando posibilidades, alternativas. ¿Qué hacer en un mundo que parecía tenerlo todo?
De pronto, como de la nada, surgió una idea que se fue haciendo más fuerte poco a poco, hasta adquirir una estructura, un cuerpo, un conjunto de reglas. ¿Por qué no independizarme y abrir un negocio atendido por mí misma? Me gustó la propuesta. De inmediato me senté frente a la computadora y me sumergí en sitios y sitios de capacitación para emprendedores. Así me hice de un montón de herramientas que me permitirían concretar mi empresa con rapidez y eficiencia.
Acondicioné el garaje de mi casa hasta convertirlo en un coqueto saloncito de ventas. Lo amueblé de tal modo que todo reluciera y estuviera a la vista del posible comprador. Mandé construir una marquesina con el nombre del negocio: “De todo como en botica”.
Luego, me dediqué a elegir la mercadería. Acomodé teclas sueltas de teclados de computación y martillos de pianos de un cuarto de cola, por si alguien necesitaba repuestos. En un frasco puse semillas secas de limones para darle gusto al té. Encontré dobleces de pantalones de hombre por si a alguien no le salían al plancharlos y decenas de etiquetas de cartón, de esas que sirven para identificar prendas. Guardé algunos emoticones en una cajita para los fanáticos de Facebook. En los percheros colgué las partes sueltas de maniquíes que las tiendas habían tirado en la vereda. ¡Quién sabe, me dije, alguien puede necesitarlas. De un exhibidor de aros colgué tiras enruladas y enteras de cáscaras de manzana y de naranja, que me parecieron divertidas para decorar el árbol de Navidad. También recolecté esos dientes de leche que se les caen a los niñitos para reponer los que pudieran perder los viejos y un montón de globos pinchados, de todos los colores, cuyo uso dejé librado a la creatividad del comprador.
Y así podría continuar enumerando la variedad de mercancías que poblaban mi negocio, pero sería de nunca acabar.
Solo cabe agregar que cada una llevaba su correspondiente etiqueta con las instrucciones de uso. Por ejemplo, la de las semillas secas dicen: “1) poner en remojo durante la noche tres o cuatro semillas para rehidratarlas;
2) hervirlas en medio litro de agua de jazmines durante dos horas;
3) preparar el té como indica el envase (preferiblemente en hebras), pero utilizar el agua donde se hirvieron las semillas en vez de agua común;
4) echar un caramelo de dulce de leche para endulzarlo; no emplear miel, azúcar y aún menos, edulcorantes;
5) beber en compañía del gato o del perro, sentado/a en un cómodo sillón en el balcón, en la terraza o en el patio (si no tiene nada de esto vaya a la plaza) y no olvide apagar el celular y la tablet. ¡Que lo disfrute!”
Y aunque usted no lo crea, mi tiendita de las cosas inverosímiles fue todo un éxito, de tal modo que nunca más tuve que ir a una empresa a trabajar como empleada administrativa- 


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LA RUTINA -

 MARÍA CELESTE GARCÍA ORFANÓ


Jorge se despierta a las 7 con la alarma del reloj, todos los días. Se levanta, se da una ducha y luego se afeita. Cuando sale del baño, llena la pava con agua para prepararse el mate y prende la radio. Mientras el agua se calienta, se viste: jean, chomba azul o gris, medias y las zapatillas blancas.
A las 7:25 desayuna. Toma 6 mates, cada uno acompañado con un bizcochito de grasa. A las 8 menos cuarto, tira la yerba, limpia el mate, se lava los dientes y apaga la radio. A las 8 sale de su casa con billetera, llaves en mano y su chaleco caqui por si refresca.
A la vuelta tiene el auto estacionado, en la vereda de doña Carmen. La señora todos los días lo saluda desde la ventana: le pregunta cómo está y qué planes tiene. Los lunes Jorge cambia la bolsita del aromatizador, entonces ella le pregunta qué le toca esa semana. Va rotando entre cereza, vainilla y pino. Cada día, al abrir la puerta del auto, Jorge no deja de extrañarse del intenso perfume que deja esa bolsita.
Una vez dentro del coche, el hombre abre la guantera para sacar la franela y el líquido limpiador. Repasa el volante, el tablero y los vidrios. También saca todas las alfombras y les sacude el polvo con ayuda de otro trapo.
Siendo las 8:10, prende el motor y arranca. Por la avenida demora 20 minutos en llegar a la agencia. 8:30 Jorge abre el candado, saca la puerta, entra y levanta la persiana. Prende la tele y pone a calentar agua para cuando lleguen Juan y Ernestina, los dueños de la lotería. Saca a la calle la cartelera con todos los números ganadores del día anterior y el bicicletero. A las 9 en punto, voltea el cartel para que diga "abierto".
Cuando llegan Juan y Ernestina, toman unos mates mientras van apareciendo los clientes matutinos. A los de siempre los atiende Jorge: Tito, Catalina, Ramón y José. Ya sabe qué números juega cada uno. Juan se encarga de los clientes no habituales y Ernestina, de las carga de SUBE.
A las 13, Jorge va a comprar el almuerzo para los tres a la rotisería. Los lunes él pide pastel de papas; los martes, tortilla de verdura; los miércoles, milanesa con ensalada; los jueves, churrasco con puré de calabaza; y los viernes, dos porciones de pizza y una de fainá.
De 13:30 a 15hs. la agencia cierra, pero ellos almuerzan ahí. Antes de volver a abrir, Jorge limpia la mesa en la que comieron y pasa el plumero sobre el mostrador. Finalmente, le da una barrida al piso para sacar las migas del almuerzo.
15:30 vuelven a abrir. En la tele, Jorge pone la novela. Ya es la tercera vez que la pasan y que él la mira. Se sabe los diálogos de memoria. A la tarde, atiende a Darío, Mónica, Gustavo y Amelia. Ella le da charla y eso a él le divierte, pero a las 18:40 da por terminada la conversación y empieza a ordenar para cerrar.
A las 19 ya hizo su parte: barrió, pasó el trapo, lustró el mostrador, entró la cartelera, el bicicletero y limpió los vidrios. Es en ese momento que Juan y Ernestina le dicen que vaya, que ellos cierran...
Para volver a su hogar, Jorge tiene media hora de viaje. Se tarda un poco más que a la ida por el tránsito. Al llegar, deja nuevamente el auto estacionado en la vereda de la vecina y la saluda rápido porque tiene que ir a su casa para encender la radio. El programa empieza a las 19:30, pero él lo engancha dos minutos después. Mientras lo escucha, se quita su ropa de trabajo y se pone la camiseta y las bermudas de entrecasa. Se saca las zapatillas y se pone las chinelas, con medias si hace frío. Después disfruta unos momentos tirado en su sillón hasta las 20, que es cuando en la radio pasan boleros y él se pone a cocinar mientras los canta.
A Jorge nunca le falta nada en la heladera. Los sábados va al supermercado y compra todo lo que necesita para la semana. Pollo y papas para los lunes, arroz y cebolla para los martes, fideos y salsa para los miércoles, jamón y queso para su tarta de los jueves. Y por supuesto, carne picada, cebolla y morrón para las empanadas de los viernes. Se compra también un poco de pan, bondiola y queso, para prepararse unos sándwiches al mediodía, después de volver de hacer su compra semanal. Los sábados a la noche, el plan es ir a cenar a la casa de Juan y Ernestina. Los domingos toca ir a almorzar a lo de la madre.
A las 21 cena, ni antes ni después. Al sentarse a la mesa ya apaga la radio y prende la tele para ver el noticiero. 21:20 lava los platos. Los martes a las 21:35 llama a la casa de su hermana a ver cómo anda el sobrino. Sabe que ese día atiende Mario, su cuñado, y le pasa con el nene porque no se banca mucho hablar por teléfono.
A las 21:45, sea como sea, Jorge corta y se prepara para acostarse. Cierra con llave todas las puertas, se lava los dientes, se peina, se pone el pijama y se va a la cama. A las 22 duerme, excepto ese miércoles. Esa noche, a las 23 el teléfono sonó.
..........
Roberto se despierta a las 4 de la mañana. Con su linterna, alumbra el piso en busca de la manta que siempre se le cae. La agarra, la dobla y la mete en una bolsa junto con su pequeño almohadón. Guarda la radio en la mochila, saca los guantes y el trapo. Después abre las ventanillas para sacudir el polvo y aspirar las migas del asiento donde durmió. Por suerte, piensa, la aspiradora portátil todavía funciona. También recoge el envoltorio de los caramelos que se come antes de dormir y los mete en otra bolsa donde junta toda su basura de la noche. Después se prepara para limpiar lo demás. Sabe dónde está guardado el limpiador líquido, sin embargo no lo usa porque tiene uno igual, marca Cliff, en la mochila. ¡Repasa hasta los vidrios! Y, para evitar malos olores, rocía con el aromatizador que corresponda. Esa semana, cereza.
A las 5, Roberto destraba su puerta, agarra la manija y abre con sumo cuidado. Antes de salir, se coloca los zapatos. Pisa la calle, se da vuelta y limpia el rastro de sus suelas en las alfombras. Finalmente, cierra la puerta con delicadeza para no despertar a nadie, saca el peine del bolsillo derecho de la mochila y, mirándose en el espejo retrovisor, se arregla el pelo.
Todos duermen a esa hora, excepto Carmen. Ella lo está esperando con mate cocido y un pancito con manteca. Hasta las 5:45 disfrutan el desayuno juntos. La señora es una gran contadora de chismes. Gracias a ella Roberto conoce la vida de todos los vecinos del barrio.
Los martes y jueves al desayuno le sigue una bañera llena. Carmen la prepara especialmente para Roberto. Usa sus sales y jabones preferidos. Esa semana, aroma a cereza. Si es martes, le da el conjunto deportivo del club Sacachispas, que usa su marido.
A partir de las 5:50 ya está el diario en la mesa. Lo leen juntos y comentan las noticias. Empiezan de atrás para adelante porque saben que la sección de política los lleva a discusiones inagotables, que aún así terminan cuando suena la alarma, a las 6:15.
A esa hora, Roberto se prepara para salir a su recorrida, no sin antes cumplir con los favores que le pide Carmen. A veces hace de jardinero; otras, de plomero, gasista o electricista. A las 7:00, tiene que irse porque si llegara a aparecer el marido de Carmen se arruinaría todo... Se despiden hasta las 21:30, que es cuando Roberto vuelve a su lugar para dormir y ella aprovecha que su marido se va al trabajo, para salir a darle las buenas noches a su querido amigo.
….........
Carmen tenía todo perfectamente calculado, cronometrado, medido. Ni un minuto más, ni un minuto menos. A las 4:40 se levantaba a preparar el desayuno y Roberto tocaba el timbre a las 5:03. Tenían 1 hora y 57 minutos para tomar el mate cocido, comer los pancitos, conversar, leer el diario, discutir...Gran compañero Roberto, un hombre muy agradecido por todo lo que hacía ella por él. Siempre le arreglaba las cosas de la casa, porque del inútil de su marido no podía esperar nada.
8:04 ya estaba asomándose a la vereda a saludar a Jorge y hacerle las preguntas de rutina. Esa información era indispensable para que todo conservara su perfecta armonía.
De lunes a viernes, el marido de Carmen, Mario, llegaba a la mañana, a las 8, y se tiraba a dormir hasta las 16hs. Durante todo el tiempo en el que dormía como una morsa, ella se encargaba de cocinar, de ordenar, limpiar y planchar. Cuando terminaba, se tiraba a descansar. La novela de las 15:30hs. era infaltable. Al levantarse el esposo, Carmen le hacía unos mates y le dejaba el diario en la mesa para que lo leyera. A veces Mario intentaba comentar con ella las noticias, pero su señora no parecía muy interesada en discutir política. Él pensaba que Carmen sólo leía el suplemento Belleza y salud.
El matrimonio cenaba temprano, para que el hombre no se fuera a trabajar sin haber comido antes. Pero ese miércoles, no fue un día típico. Su marido tuvo que faltar al trabajo debido a una gripe.
….......
El teléfono de la casa de Jorge sonó y lo despertó. Era Juan: Ernestina estaba internada. Sin preguntar nada más, Jorge se vistió y salió. Con el auto tardaría 10 minutos en llegar al hospital, no mucho más. Sólo tenía que caminar los metros hasta la vereda de Carmen.
Algo raro se veía en el auto. Estaba oscuro, pero se notaba. Cuatro pasos más y lo vio. No era "algo raro", era "alguien raro". ¡Había un hombre en su auto! En el asiento trasero, durmiendo cómodamente con un almohadoncito y una manta.
Jorge golpeó la ventanilla. Roberto se despertó extrañado y, al verlo, lo saludó con un gesto. Abrió la ventanilla y le dijo:
-¿Jorge? Un gusto, soy Roberto.
-Salga ya de mi coche o llamo a la policía.
-No, señor, no se preocupe. Ya me voy. No lo esperaba a esta hora, Carmen me dijo que no tenía ningún plan usted.
-¿Carmen? ¿Mi vecina Carmen?
-Sí, ella. ¡Qué fabulosa señora! No sabe lo mucho que me ayudó todos estos años...
-¿Y Carmen le dio acaso el permiso para dormir acá? Es mi auto, no el de ella.
-No, no. Por supuesto que duermo acá sin permiso, pero ya ve que no molesto Jorge. 15 años y usted no se dio cuenta de nada...
En ese momento, Jorge encontró su límite. A los gritos, golpeó la puerta de su vecina para pedirle explicaciones. Roberto bajó del auto para intentar tranquilizarlo, pero era imposible.
La puerta se abrió, pero no salió Carmen: salió Mario envuelto en una bata y con la nariz colorada de tanto sonarse.
-Pero hombre, ¡qué le pasa! ¿No ve la hora que es? ¿Cómo va a gri....?-Mario no terminó su frase porque vio a Roberto con su inconfundible conjunto del club Sacachipas- ¿Usted quién es?
-Este tipo estaba en mi auto, Mario. Durmiendo en mi auto. Parece que su señora le dio permiso.- dijo Jorge
-No, Jorge. Yo no dije que Carmen me haya dado permiso.-Roberto quiso explicar.
-¿Se puede saber quién es usted, de dónde conoce a mi esposa y por qué tiene puesto mi conjunto de Sacachispas?- a Mario se lo veía furioso y a la vez anonadado.
Jorge miró la escena y recordó por qué estaba ahí. Ernestina estaba internada, no podía seguir perdiendo el tiempo con esas personas. Mientras ellos discutían quién conocía mejor a Carmen, se subió al auto y arrancó directo al hospital, intentando no pensar en toda la mugre ajena que estaba transportando.
…..........
Pasó un mes después de este episodio. Jorge tuvo que hacer unos pequeños cambios en su rutina para ayudar al dueño de la agencia, su amigo. Los lunes y los miércoles por la noche va al hospital a relevar a Juan en el cuidado de Ernestina. Ella se está recuperando, pero aún debe permanecer unas semanas más.
Esos días, al salir de la agencia pasa por la rotisería para comprar su cena y va directamente al hospital. Deja el auto en el estacionamiento, entra al edificio y se toma el ascensor hasta el piso 3.
Los lunes y los miércoles, en el estacionamiento, una sombra se mueve disimuladamente. Es Roberto, con su mochila cargada y una bolsita. Abre la puerta del auto de Jorge, saca su almohadoncito y su manta y se duerme profundamente, hasta las 6 de la mañana. Son sus noches favoritas: entrar al estacionamiento del hospital es mucho más sencillo que convencer al guarda del garage donde Jorge deja el auto el resto de la semana.

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RETRATO

Ángeles Meiji – Puerto Madryn


Se enamoró de Isabel pero su muerte imposibilitó el casamiento. No lo había confesado porque temía que ella lo rechazara.
Era sólo un pintor que iniciaba su camino.
Había tenido la suerte de que el conde Pietro Donatti lo apadrinara después de ver los cuadros en su estudio; una buhardilla inundada de luz donde los bocetos se apilaban por doquier y las pinturas resistían las alquimias del joven para lograr el color soñado.
Pasaba noches enteras haciendo mezclas de aceites y polvos, y alcanzar el maravilloso tinte imposible de la transparente piel de Isabel, la hermana del conde cuyo retrato le había sido confiado.
La joven asistía puntualmente a las sesiones y posaba frente al lienzo con la maravillosa candidez de unos ojos almendrados a la sombra de soñadoras pestañas.
El pintor por momentos detenía su trabajo para dejarse acariciar por la esquiva mirada de la joven.
Poco a poco se había enamorado de su modelo. Ella coqueta se dejaba amar en un juego lascivo y despreocupado.
El conde visitaba de tanto en tanto el estudio para apurar el trabajo, parecía extrañamente preocupado porque el lienzo fuera concluido.
Finalmente el pintor logró el color de la exquisita piel, sólo faltaban los hombros y el rostro para terminar.
Mientras pintaba, soñaba con pedir la mano de aquella criatura; ingenuamente suponía que era correspondido en sus sentimientos.
Aquella mañana inició la pintura de la cara, cuando de pronto la muchacha hizo una mueca de dolor, se llevó las manos al corazón y se desplomó desvanecida.
En ese instante el conde entró en la habitación y al verla en el suelo corrió hacia ella.
-       Isabel, hermana mía, no puede ser tan pronto.
El joven pintor no atinaba a nada, paralizado ante la escena.
El conde sostenía el cuerpo sin vida de Isabel y lo apretaba contra su pecho.
En el caballete había quedado el cuadro de una mujer sin rostro.


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VERDUGO -
MARIA JULIA RUBERTO


Corre el año de 1402, en la China Imperial, bajo el dominio de Jianwen, son tiempos de bonanza pero también de traiciones.
Soy Zing Wang un artesano del sur del país, de un pequeño pueblo cerca de la costa. No, mejor dicho, soy un artista, y me están llevando, atadas mis manos a la espalda, al cadalso. Hoy voy a morir decapitado. Siento que es injusta esta pena que me han dado. Solo por realizar una obra tan exquisita, hoy camino al patíbulo. Sé que el verdugo Wang Lunges diestro en empuñar la espada y dar el mandoble, pero igual tengo miedo. Me sube un escalofrío de sólo pensar en este momento; el tiempo es muy laxo, y no pasa nunca. Mi cabeza piensa en estos momentos: le he dado todo al recaudador eunuco que llego a la casa a buscar los impuestos. Mi casa es pobre, tengo sólo lo necesario y tal vez alguna cosa que me han regalado por mi trabajo. Mi esposa es también pobre, dejo dos hijos que quién sabe de qué vivirán ahora que su padre no estará. Seguramente mendigarán por las calles pobres de Fuzhau, hasta que puedan entrar en el ejercito o aprender algún oficio.
Le di todo al recaudador, excepto esa piedra que me dejó el mercader extranjero que pasó con su caravana comprando piezas de porcelana, y que quiso todos mis jarrones. Decían que viene de los países de Europa. Habló mucho sobre sus viajes por el mundo conocido. Marco Polo dijo llamarse. Yo me sentí halagado por sus palabras sobre cada una de las piezas de porcelana que miró…Le gustaron mucho los grabados y pinturas que trazo con tanta pasión con los colores que preparo yo mismo. A cambio me regaló esa piedra opaca y sin pulir. Sentí atracción hacia ella y por eso le di todos mis cacharros. Pero no era plata, era sólo una piedra sin gran valor. Es azul y yo tengo una gran atracción por ese color, por eso preparo un azul que muchos dicen que es el azul del cielo, el azul de los dioses.
El recaudador me gritó porque yo no quise dársela.
Y aquí estoy subiendo las escaleras, y escuchando un silbidillo agradable que me hace aflojar el miedo. Dicen que es el verdugo que silba, para no tener miedo él también. Mi mente sigue pensando en cosas de la vida. El Emperador Hongwu ha muerto dejando a su nieto en el trono, lo cual enojó mucho a su hijo. Eso trajo mucha zozobra en el pueblo de Fuzhau, donde vivo, cerca de la costa del mar. Ese mar que amo y que trato de imitar en el color con el que pinto mis porcelanas. Con esa rica agua, con muchas sales y minerales, preparo mis pinturas con vegetales y raíces que extraigo de la tierra. Mis colores son muy brillantes, y otros alfareros vienen a buscarlos porque al pintar sobre la loza, se ven muy bien y las figuras de dragones y serpientes se parecen mucho a los verdaderos. Cada detalle es importante y los contornos más aún. Y el azul que preparo es casi como el color del mar en un día soleado y calmo. Ese azul celeste, encerado, cerúleo, que refleja al cielo es mi color favorito. El cielo y el mar en ese azul de toda la loza que esmalto.
Y mi mente me entretiene en estos pensamientos sin tomar en cuenta que pronto mi cabeza rodará por el suelo y ese cielo azul cerúleo se abrirá en mil pedazos de espejos estrellados, brillantes y recibirá toda mi vida como se acoge a un amigo, con alegría y con confianza. Así que decido levantar la cabeza y abrir los ojos. Justo en ese momento se produce el hecho pero ya nada tiene importancia. He muerto y el cielo es mío.--


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FESTEJO
 Desarrollo: Bibiana Naveyra

Cuando nos despertamos le dije al Flaco: voy a organizar mis funerales. El me miró con las orejas paradas y fue hasta la puerta del patio para que le abra. Había un sol hermoso. Eso me da ganas de hacer cosas.
Yo misma me encargaré de arreglar la despedida mi vida.
Quiero ser una finada única y que mi casa esté bien linda para la ocasión.
Como mi colchón es comodísimo quiero estar allí, rodeada de todos los almohadones que tengo. Los adoro. Los del sillón del living también. Mi cuerpo desparramado entre ellos en cualquier dirección, que tengan que buscarme entre tanto amontonamiento. También voy a estar con el vestido de los triángulos amarillos y verdes.
Desde hoy me voy a maquillar como se me dé la gana, con lo colores que se me antojen, con rímel o sin rímel, delineador negro o azul, con dorados y plateados. Y todos los días. Mi cara como una obra de arte en el espejo. Que el traspaso me encuentre también con las uñas pintadas. Además me da alegría.
Esas lucecitas de colores que vi en la casa de decoración que parecen guirnaldas para navidad pero no, son para cualquier día, las voy a poner por todos lados. Unas van a colgar desde el aparador hasta el cuadro de las hortensias, otra desde la puerta de entrada hasta el pasillo. Quiero que recorran el aire con alegría.
La habitación llena de globos, me encantan plateados y esos que se sostiene solos como plantas en una maceta.
Arriba de la máquina de coser voy a poner un florero con flores enormes y en mi silla de trabajo va a estar sentado un gran oso de peluche que me regaló don Mario cuando me pretendía.
El Flaco que ande por la casa, después de todo desde ese momento será el dueño y señor, aunque ya lo es. Y no me extrañará. Le voy a dejar agua y comida en los lugares que él ya sabe y la puerta del patio abierta para que salga y entre cuando quiera. Lo quiero mucho al Flaco. Para la puerta de entrada voy a hacer una corona con guirnaldas de papel crepe. Después voy a ir a la otra cuadra a comprar para hacer sandwichitos y varias botellas de champagne, vino y gaseosas para los que no toman alcohol. A las dos mesas les voy poner manteles de tela para apoyar toda la comida. Que sea abundante. Que sobre. Que parezca que nunca se acaba y que se reproduce. Que de la cocina salgan bandejas de comida rica y apetecible. Voy a hacer torta de chocolate y tarta de peras y manzanas. Sé que tengo mucho trabajo. Mejor, así estaré distraída. Igual no tengo mucha ropa para coser.
El ambiente tiene que estar perfumado. O por lo menos que el ambiente este ventilado y que haya aroma fresco. Y que esté luminoso, sin exagerar, pero que se vean bien las caras, la comida, las bebidas. Cuando yo veo bien puedo escuchar mejor.
Y que también haya música. Pero que la ponga la gente. Tengo una radio, buscando se puede encontrar linda música .
Casi me olvido de algo, en uno de los cajones de la casa, tendrán que descubrir cuál, hay una carta con un importante mensaje. Solo pido que la lean después de empezado el festejo del velorio.
Tengo tantas cosas que hacer, y no sé por dónde empezar. Voy a ir a la pieza a inflar globos tranquila.

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Historias en el tiempo.

Inés  Suarez –



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  En el Renacimiento
Un hombre muy alto y delgado se sienta a escribir. Ese es su oficio, escritor. Está escribiendo una novela. No de esas historias románticas, de caballeros valientes y doncellas raptadas.
De vez en cuando, levanta la vista y por la ventana contempla el horizonte lejano. Después, moja la pluma en la tinta y continúa su ardua labor. Lo urge terminarla, porque el editor lo acecha imponiendo perentorios plazos de entrega de cada capítulo.
Mientras se mesa la barba puntiaguda, piensa qué frase o palabra le viene mejor al texto. Las dudas lo invaden: ¿es Sancho Panza el antihéroe que le cuadra al personaje principal? ¿Dulcinea debe amar o no al arrojado urdidor de aventuras irrisorias? ¿Conviene o no que el héroe se vuelva loco por leer tantas novelas de caballería?
Se levanta de su silla y da vueltas por la habitación, indeciso ante tantos interrogantes.
De pronto, se le aparece el caballero de la Triste Figura, lo mira con ojos empañados y le susurra apenas: –Mirad, en lo demás haced lo que vuestra voluntad decida, pero por favor, dejadme amar a la bella doncella y que ella me ame. Así, todo lo demás tendrá sentido”– y desapareció.
                                                                                         
 Dentro de 400 años
Jonas, en silla de ruedas eléctrica y atento al comando, ingresa al Centro de Salud criogénica. Se acerca al cajero-robot y escribe en la pantalla táctil el motivo de su visita. Inmediatamente recibe un tickett con las instrucciones que debe cumplir.
Por el largo pasillo blanco inmaculado, desierto a esta hora de la mañana, llega a la puerta con el cartel “Admisión de nuevos pacientes”. Pulsa el botón azul, la puerta se abre y él entra a la sala aséptica donde le efectuarán la operación.
Una enfermera-robot se acerca y le pide que complete los datos que aparecen en la pantalla. Jonas cumple las indicaciones; la asistente entonces lo guía hacia el quirófano.
De vez en cuando se cruza con otros pacientes como él. Por fin, llegan a la puerta de la sala de cirugía. El médico lo saluda amablemente.
–Lo vamos a desvestir y poner una bata esterilizada–, le aclara.
Hecho esto, lo conduce hasta la camilla. Lo acuestan, lo atan con cintas elásticas y lo colocan adentro de un tubo.
–¿Se encuentra bien?–, quiere saber el médico.
–Perfectamente, aunque un poco débil.
–No se preocupe, en cuanto lo operemos volverá a tener fuerzas–, lo tranquiliza. Cambiarle los circuitos de la cabeza solo lleva unos quince minutos.
El señor Jonas sonríe y cierra los ojos. Él no necesita anestesia.

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Pareja


Bibiana Naveyra


Hace un año que Alejandro empezó a tomar clases de tango con Tamara. Una mujer mayor que él, que usa vestidos ceñidos al cuerpo fuerte y expresivo; no es gorda ni flaca y sus caderas, como jóvenes delfines, siguen el ritmo de sus pies. Tiene abundante cabello y no se tiñe las canas. Usa zapatos negros de taco alto y siempre se pinta los labios.
Alejandro quedó deslumbrado.
Al principio era muy difícil seguir la música sintiendo ese perfume tan femenino, tan intenso, cerca de su cuello. Cuando la mano de ella llevaba la de él, hasta su cintura, sentía que el piso se le abría.
Un día entró al estudio y ella bailaba sola frente al espejo, se quedó mirándola desde un rincón, en aquel momento supo que estaba perdidamente enamorado.
Alejandro vive hace cinco años con Marisa, se conocen desde el secundario. Ella siempre estuvo enamorada. Se desvive por tener el departamento ordenado y limpio. En el centro de la mesa nunca faltan las flores.
Quiere que Alejandro tenga sensación de luminosidad y frescura.
El jamás le dijo nada de las flores. Ni lindo, ni feo, nada.
Hace seis meses que Alejandro y Tamara tienen un apasionado romance.
Las noches de tango volvía caminando, a cada paso evocaba el perfume que lo tenía capturado, las manos sabias de mujer que lo llevaban a destinos amorosos, y las melodías capaces de hacer aflorar de él, pasiones que desconocía.
Pero cuando giraba la llave de la puerta de su departamento todo cambiaba. Callado y replegado sobre sí mismo dejaba la mochila en un sillón, tomaba agua y se acostaba mirando la pared. Marisa se le acercaba despacio y le olfateaba la espalda como un cachorro sigiloso.
Hasta que una noche, él no aguantó más, prendió la luz, se recostó contra el respaldo de la cama, y le dijo que había conocido a una mujer de la que estaba enamorado, que quería separarse. Ella lo escuchó sin moverse y con la mirada perdida en el placar.
Marisa jugaba obnubilada, a la casita de flores y luces.
_ Me imagino que querrás saber quién es _ preguntó él.
_Siempre quise saber todo lo tuyo y de nosotros_ contestó ella, que seguía acostada y sin mirarlo.
_ A veces las cosas empiezan sin que uno se dé cuenta. Uno no domina los sentimientos.
_ En esta casa a veces me siento sola, pero no me quejo, este lugar es todo para mí.
_ No quiero lastimarte ni que la pases mal por mi culpa. Pero convengamos que últimamente estamos bastante alejados. Ya no somos los de antes.
_ A vos te gustó siempre el tango.
_ Justamente ahí la conocí.
_ Siempre dicen que a esos lugares van más mujeres que hombres…
_ Es la profesora.
Marisa, sin darse vuelta, se tapó hasta cuello con una manta que estaba en los pies de la cama:
_ A veces uno cree estar muy enganchado con algo o con alguien y es sólo un deslumbramiento, algo pasajero. Una calentura del momento para ser más directa.
_ Estoy enamorado Marisa…
_ Uno se enamora cuando conoce a la persona, lleva su tiempo enamorarse, no es tan fácil…
_ Marisa estoy enamorado de otra mujer. Pasó mucho tiempo, no somos unos pendejos. Me pasan otras cosas ¿Ves que hay una distancia entre…?
_ Yo no veo nada, ni distancia ni nada. Yo me desvivo por esta casa que nos costó tanto tener.
_ Marisa…
_ Estas deslumbrado, insisto; además, una profesora de tango, una mujer que trabaja en la bohemia nocturna! Vamos a ver el bienestar y la estabilidad que te puede brindar esa señora!
_ No necesito bienestar ni estabilidad Marisa_ respondió Alejandro, mientras apagaba el velador

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REGALO DE CASAMIENTO
BAIANA DI PIETRO



Cuando Julieta abrió los ojos no pudo creer lo que vio. Tenía tantas ganas de gritar, de correr a su alrededor como un perrito persiguiendo su cola.
Abrió la puerta e imaginó como decorar cada lugar. En el centro una maceta, donde tirar las Semillas mágicas , para que pueda crecer el árbol hasta llegar a las nubes y poder visitar a su amiga, la pata de los huevos de oro. Todo debe parecer una cosa y luego transformarse en otra. De la pared que da más al fondo una gran biblioteca con todos sus libros, pero que al sacar el último de la derecha se transforme en una cama gigante con un colchón alto muy alto, tan alto que no pueda sentir el guisante que pueda llegar a quedar debajo de él. A su lado una mesa, pero no cualquier mesa, una mesa térmica, con tres platos de sopa que siempre estén a la temperatura justa, para que cuando venga Risitos de oro, pueda tomar de cualquiera de los tres. Del otro lado un armario, pero sin ninguna puerta, para que el lobo no pueda esconder a la abuelita. En la entrada un camino de migas de pan, para que los hermanos no se pierdan otra vez.
Y en la ventana mandará a construir un balcón...no sea cosa que Romeo no sepa por dónde entrar.

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ENIGMAS
Autora: Inés Suarez


1 ¿Usted está investigando algo?
— ¿Usted está investigando algo?
— Tal vez Mademoiselle; Poirot nunca está seguro si su intuición lo lleva o no a algún lado.
— Y entonces, ¿qué hace aquí?
— Reponer mi salud, que últimamente se ha deteriorado un poco.
— De paso, investiga algún crimen.
— Ya le dicho, quizá.
— Es usted muy misterioso.
— El misterio es el corazón de mi trabajo.
— Me gustan los misterios. ¿Sabe? Leo muchas novelas policiales. He leído todo lo que se ha publicado sobre usted. Pero no soy de las que tratan de adivinar quién es el culpable, no. Prefiero ir a la par de la historia, seguir sus intrincados laberintos, identificarme con los personajes. El desenlace debe ser una sorpresa total. No me interesa verificar o no mis hipótesis. Esa tarea le corresponde al detective, buscador de soluciones a problemas que solo me involucran como observadora. ¿Quién es para usted el mejor escritor de novelas policiales en la actualidad?
— Escritora, Mademoiselle, una escritora. Se llama Agatha Christie.
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2 A cambio él le hace una gran reverencia y dice “gracias”.
Golpean a la puerta.
—¿Quién será?— se pregunta Marita—. No espero a nadie. Seguramente algún vendedor.
Pone el ojo en la mirilla pero no ve a nadie. Quita la cadena de seguridad y observa por la ranura entre la puerta y la pared. Nadie. Ya está por cerrar, fastidiada por la inoportuna interrupción. Un sonido llama su atención; viene de abajo, así que Marita dirige la vista hacia allí. Queda sorprendida: el visitante es un hombrecito chino, bajo y en extremo delgado, cubierto con una túnica blanca china, con una coleta china atada con una cinta, con zuecos chinos, ojitos rasgados chinos y una enorme sonrisa, supone Marita, también china.
El personaje parado delante del umbral extiende los brazos, mostrándole un libro de arte, obviamente, chino.
—¡Huang!, exclama. Dang chi liu ming ping.
Marita sonríe y le dice que no entiende, que no sabe chino.
El hombrecito le responde, sacudiendo el libro y señalándole los bellos dibujos a la acuarela:
—Mang-lin. Chen do kim lang pusam.
Marita, que no tiene la menor idea de lo que él dice pero supone que intenta venderle el libro, niega con la cabeza: —No quiero comprar un libro—, le explica.
El vendedor con su sonrisa inmutable, tampoco parece comprenderla e insiste en ofrecerle el libro. Marita piensa por un instante que tal vez quiera regalárselo o simplemente mostrarle las hermosas láminas. Sin embargo, por precaución, sigue negando con la cabeza.
—Shuang ten— se lamenta el chino. Ran len shung Huang.
Y sin que la amable sonrisa se borre de su rostro, él le hace una gran reverencia y dice “gracias”, con entonación china, por supuesto.

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UN CUENTITO CHINO -

 BLANQUITA DEL BOSQUE

En el siglo V D.C., durante la dinastía Ming, en China, reinaba un emperador muy soberbio y sanguinario.
Chang Ku, tal era su nombre, gustaba de caminar de incógnito por sus tierras. Así lograba ver y escuchar todo lo que sus súbditos decían de él.
Diariamente mandaba al patíbulo a un buen número de ellos. Por las más ínfimas razones. De nada servían los ruegos y las súplicas. Chang Ku era inflexible.
Cierto día, mientras iba de una aldea a otra por la montaña, un árbol inmenso se desplomó casi sobre él. No sufrió lesión alguna, pero medio cuerpo le quedó aprisionado bajo el tronco.
Ya desesperaba de encontrar ayuda en tan solitario camino, cuando se le aparecieron dos ancianos.
La pareja de campesinos lo reconoció enseguida. Meses atrás le habían suplicado de rodillas por la vida de su hijo, condenado a la horca por una nimiedad.
Honorable Emperador, le dijeron al unísono, tú no nos concediste la gracia de perdonar la vida de nuestro hijo. Ahora tu vida está en nuestras manos. Y con gran esfuerzo movieron el árbol caído y lo liberaron.
A cambio él les hizo una gran reverencia y dijo “Gracias” 
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PREPARACIÓN DE UN VELORIO -

GRACIELA M FERNÁNDEZ.




Ana Lola, reconocida artista plástica, se caracterizaba por el colorido de cuadros…en ellos no faltaba el naranja, Amarillo., rojo…verdes…transmitían alegría, sus paletas bailaban de felicidad al compás de la música.
Un día Ana Lola va al estudio del Dr. Pérez Corral, su abogado de confianza.
-Dr. Pérez Corral : Qué te ha traído por aquí, Ana Lola?
-Ana Lola: Usted debe cumplir mi último deseo - manifiesta alegre.
--Dr. Pérez Corral: Pasá, sentate y contame.
Para asombro del abogado, Ana Lola comienza a relatar su velorio, pero
antes le manifiesta a su abogado que debe dejar esto grabado.
Esta grabación será escuchadapor los asistentes a su despedida antes de su partida
Ana Lola comienza a relatar ….
Mi velatorio debe ser alegre, como es mi vida ¡prohibido traer flores!!!....me dan alergia…y se ponen feas.
A los asistentes, se les entregaran paletas y pinceles.
En lugar donde se colocan las coronas se pondrán atriles y bastidores. Cada uno plasmará allí lo que quiera.
Prohibido pintar una lagrima!. …
Rodeando a mi féretro colocaran mis obras.
Será mi última exposición…ordeno a quien derrame una lagrima que se lo retire.
Se pasará música, la música que me acompañó mientras pintaba mis obras. La dejará seleccionada.
No se servirá café, se servirá lemonchelo..caipiroska, jugos y bebidas coloridas y alegres.
Cuando haya pasado un año y deseen homenajearme no quiero una triste misa ni acto protocolar.
Deseo que concurran al cementerio donde estaré descansando, se supone, con paletas y pinceles y al compás de la música realicen una obra para mí.
Cuando termina su relato, mira alegremente al asombrado Dr. Pérez Corral y le dice: Listo.
Le quita la lapicera y le entrega un pincel.

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COSAS PARA REGALAR –

 MARIO LOIS




Mi nombre Un planeta mas rojo que Marte
Un ser. Minotauro cabeza de toro, terco y arrogante
Un lugar. La montaña en los andes
Una frase. Solo se que el futuro esta delante
Un titulo. Él Marques de LUA
Una profesión. Microbiólogo de cerebros
La caja 1
Para LILI ¡¡Oh!! Te envió la parrilla para que sepas como se aprende a disfrutar de los sabores con otros. En el sillón deberías aprender a meditar sin dañar a los demás. El rifle pondrá en tus manos el poder, pero la apariencia no hace al fin, ya que solo es de aire comprimido.
El farol de luz de emergencia para que te ayude a encontrar el camino de la paz en tu oscuro mundo. En el caracol veras el brillo y los colores de la calidez del mar esa que nunca conociste.
En el reloj pulsera, el tiempo marcado determina lo que te queda para cambiar y ser persona. El cuchillo sirvió para repartir muchas porciones, úsalo para eso, sino cuidado te puedes cortar.
La biblioteca es bellísima, pero más su contenido; aprende a leer, no sólo las letras. La pareja cubanos es el símbolo de la alegría, dignidad y amor que ellos sienten, consultá en el diccionario y sabrás.
Los platos con las máscaras Drama y Comedia, te harán ver que la vida es una fantasía y vale la pena compartirla.
La caja 2
En tanto tiempo no pude hacer que comprendas, así que: Este velador demuestra que a la luz no le importa lo lindo o lo feo, solo te guía para seguir. El mueble de cajones te dará la oportunidad de ordenar tus cosa tal vez te aliente a ordenar tu vida.
La alfombra solo pisala recordando que debajo es mas áspero todo. Un sapo de adorno para lo único que sirve es para recordar que todos tenemos una misión, él come tus moscas.
Una lámpara rodeada de oscuridad puede ayudarte a leer y reflexionar, mirá la luz no la lámpara. Que tu cabello sea una dulce cascada depende del cepillo con el que lo peines, no tiene porque ser lindo sino eficaz.
Adorno de yuyos pintados de colores refuerza la idea de que luego de arrancados y casi muertos aun pueden formar un arco iris. Un sapo en una roca es el desorden de La estética y un desafío, se que puedes hacerlo bello. Un viejo mueble guarda además de cosas también recuerdos varios son tuyos descúbrelos.

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EL ABC DEL AMOR -

 SILVANA VILCHES



Ay mi amor... “Que feliz me siento” hacia tanto tiempo que esperaba este momento, te amo tanto.
Ahora que estamos casados nadie nos va a separar por eso mi vida te voy a contar todos mis secretos, para que aquellas insensatas que tanto me envidian por haberte enamorado, no hablen tonteras y destruyan este amor verdadero que existe entre nosotros desde esa noche, que doblando en la esquina del bar, te choqué con mi bicicleta.
La verdad, querido mío, es que yo… yo no soy virgen; espero que el no serlo no cambie tu pasión por mí. Si no te lo decía igual lo ibas a descubrir esta noche.
Por eso te voy a contar la historia de la pérdida de mi pureza:
Yo era una niña, a penas dieciséis añitos... una chiquilina, entonces conocí a Alfonso un hombre guapo, obvio no tan guapo como tú, ni parecido a ti diría yo. Me envolvió con sus palabras y promesas: que me iba a hacer la mujer más rica del mundo... que jamás me dejaría sola ni por un segundo... que nunca nada haría que su corazón dejara de latir por mí, y un montón de cosas más, imagínate mi amor, yo era una pobre chiquilla ingenua y caí rendida a sus brazos.
Lo peor es que no era millonario y en cuanto tuvimos la primera noche de amor... nunca más volvió a aparecer.
Luego conocí a Balbino, ese sí que era un impostor... me dijo que era banquero, yo entendí que trabajaba en el banco y no, el muy sinvergüenza robaba bancos. Tres días presa estuve por ese infeliz.
Pero no te asuste mi vida, no me mires así ¡Yo te amo, y he madurado.
Luego conocí a Carlos, ese sí que era feo, pero era bueno el pobre; tan bueno que no me tocaba, apenas si me daba un beso en la mejilla y encima me pedía permiso. Era tan pero tan aburrido... que solo estuve con él una semana.
Después, culpa de mi prima, conocí a Dionisio, lindo, agradable, medio raro; al principio no me daba cuenta, pero luego comencé a notar que cada vez que venía mi vecino a traer la perrita que se escapaba, a él le brillaban los ojos y comenzaba a buscarle conversación. Hasta que un día lo mande a Dionisio abuscar la perrita a la casa del vecino y como tardaba tanto salí a buscarlo.
Cuando vi esa imagen aterradora me desmaye... cuando volví a despertarme los tenía a los dos haciéndome aire. Creí morir. Los muy desalmados se estaban besado y viéndose a mi espalda ¡un horror!
¿Cariño, estas bien? Júrame que esa caras de asombro que tienes no es porque me vas a dejar... ¿no me dejarás, no? Yo te amo y no podría vivir sin ti.
Pero el peor de todos fue Enrique. Un hombre sin corazón, machista, tenía su mirada intrigante, nunca sabía que reacción tendría; una vez me hizo lavarles los pies... ese día por miedo lo hice, pero cuando se fue al bar con sus amigos, agarre todas mis pertenencias y me fui corriendo a la casa de mi amigo Francy, pobre Francy era viudo, un amargado, pero cuando me conoció a mí su vida cambió; estaba tan enamorado de mí, pero no sé... yo no sentía nada por él. Le hice el favor unos meses hasta que el pobre falleció de un infarto por un secreto que le dije.
¡Mi vida! ¿Estás bien? Estas pálido... ¿te sentís bien? ¿Quieres que llame a un médico, a una ambulancia?... si no quieres, te sigo contando mis secretos: cuando muere Francy, en su velorio, conocí al chofer del coche fúnebre, un dulce... me consoló tanto; imagínate mi vida… yo estaba sola en el mundo y tan vulnerable que con la necesidad de amor que tenía me enamore de él, se llamaba... hay no recuerdo...ah, sí, Gerardo.
No duro mucho nuestra relación porque al tiempo conocí a su jefe en una cena de noche buena, Horacio me sirvió champaña mmm... esas burbujas sí que apasionan...
Mi vida... ¿qué te pasa? Estás temblando No... No me dejes sin antes decirte que con Gerardo tuve Quintillizos, “Ignacio”, “Jacinto”, “Kalem”, “Leopoldo” y “Martino”; tienen seis años y quiere tener un papá y ahora que nos casamos mi amado Nemesio… tú serás el padre perfecto.
No me dejes... ay dios mío, no respira... ¿dónde está el teléfono?...
... ¿Emergencias? Por favor urgente una ambulancia a Martínez 259, mi marido tuvo un ataque, nos acabamos de casar, apúrense, ¡Él no me puede dejar!...
Aguanta mi cielo… Aguanta mi cielo…  

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PINCELADAS EN COSTA DEL ESTE –
 Eleonora García – febrero 2017



Una marea de ojotas y chancletas transita por calles de arena sin veredas. Los bordes son gratamente irregulares, copiando las siluetas de antiguas dunas, hoy cubiertas de césped y pinos.
La mano del hombre a veces mejora notablemente la estética del paisaje, respetando sus formas originales.
En medio de tantos pies libres y bronceados, un par de zapatos blancos con suelas rojas, de altas plataformas y tacos aguja de diez centímetros.
Chocan esos zapatos anacrónicos.
Más arriba, un jean blanco y una remerita ciñendo un cuerpecito delgado como un palillo en precario equilibrio. Los pies se tuercen en la arena suelta. Me recuerdan las patas de una jirafa recién nacida. Sobre la espalda una melena de pelos gruesos y pesados teñidos de un rubio exagerado.
Lo/la veo de atrás, porque antes sólo miré los zapatos.
Me queda la duda: ¿él o ella? O ambos, no sé…
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La muchacha excede largamente los ciento treinta kilos. Usa bikini. Del corpiño cuelgan largos flecos negros que le llegan a la cintura y vuelan al viento.
Está peinada con dos trencitas cosidas que le podrían dar un aire infantil si no fuera porque la cabeza resulta extrañamente pequeña en relación con el cuerpo. Su carita parece implantada y fuera de lugar.
Está en el mar, con el agua hasta las rodillas. Las olas llegan con poca fuerza y la hacen tambalear un poco.
Sonríe seductoramente a la pantalla de su celular con el que se saca infinidad de selfies.
Por el ángulo seguramente en el retrato aparecerán su cara, quizá sus hombros, y de fondo la inmensidad del mar.
-----------------------------------------------------------------------------Diálogos oídos al pasar:
1) -¿Cómo se llevan tus papás?
- Bien. Casi no se hablan.
- Los míos tampoco. No sé por qué no se separan de una vez.
2) Le dije a mi papá que iba a salir. Bueno, traté de decirle, pero me contestó: “no me rompas las pelotas”. Nunca quiere que le hablen cuando mira la televisión. Cuando llegó la hora le dije “me voy”. Me hizo chau con la mano.
3) Le dije que me iba al cumpleaños de la abuela de Brian. Mi viejo me dijo “Debe tener como 150 años la abuela… ¿Cuántas veces por año cumple?” (risas)
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Estamos cómodamente leyendo en el patio-balcón del frente del dúplex, seis escalones sobre el nivel del sendero de acceso al complejo. Sillones confortables y suave música de fondo.
De pronto escucho una sucesión de chirlos fuertes, al menos siete, una nena llora y una mujer la reta intentando hacerla callar en un tono agresivo pero controlado, como para que no se la escuche.
Pese a que mi marido intenta frenarme (no te metás!!!) me asomo al balcón. No resisto cuando le pegan a un chico. Siento un irrefrenable impulso de intervenir. Siempre me pasa.
Están justo debajo de mí. La cabeza de la madre tan cerca que si extiendo la mano podría tocarla. Me tiento. Si le pega de nuevo puedo darle un buen tirón de pelo. No creo que realmente lo haga, pero…
Ya no le pega. La nena tendrá 9 ó 10 años. Retuerce las manos, los dedos de los pies crispados, todo el cuerpito en tensión. Mira al suelo. Se aguanta los sollozos.
La madre sigue: - Basta, no te aguanto más. No podés estar todo el tiempo con cara de culo amargándonos a todos. Si seguís así nos vamos las dos!!!.
La nena levanta la cara todavía mojada de lágrimas, desafiante.
- Nos vamos las dos!!!
- Por qué me contestás así?
- Porque no me dejás otra opción.
- Y me jodés las vacaciones a mí??
- Sí!
-
Se alejan hablando en voz baja. Ya no las escucho.
El juego está en “tablas”…
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Las cabañas son bonitas, prolijas. Lucirían más si no estuvieran en este contexto de propiedades rodeadas de jardines de diseño, cuidados por manos expertas. Algunos ostentan el nombre del arquitecto paisajista que los imaginó. Riego automático en casi todos. Ondulaciones que respetaron las dunas. Población de clase media alta autóctona.
El cartel que identifica al complejo reza: Me Co Hue.
Intrigada pregunto qué significa.
Me Costó un Huevo, es la respuesta.
De pronto las cabañas cobran otro valor a mis ojos.
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Acá abundan las largas cabelleras rubias. Parecen naturales, aunque seguramente “con ayudita”.
No veo a mis compatriotas de La Matanza: Laferrere, Castillo, González Catán, Casanova… Creo que si estuvieran los identificaría. Este año no vinieron, al menos por estos barrios tan fashion, no.
Comercios bien puestos. Pocos pero buenos. Vacíos.
Los comerciantes se juntan en las puertas de sus locales y hablan en voz baja, preocupados. Otros acomodan por enésima vez las mercaderías. ¿Para que se vean más tentadoras o sólo para matar el tiempo que se les hará eterno? Algunos locales de venta de ropa están abiertos hasta la medianoche. Nadie entra, ni a preguntar.
Aparecen cartelitos de “ofertas” del tipo 2 x 1. Los precios siguen siendo desproporcionados a lo que ofertan.
Y para colmo en estos días se decretó que no habrá más “feriados puente”, o sea, lo que no se venda en estos días tendrá que ser guardado hasta quién sabe cuándo. Las posibilidades laborales se reducen en directa proporción.
De la comida, ni hablar. Los restaurantes tienen las mesas puestas con esmero. Todo está dispuesto como para una fiesta, pero sin fiesta. Ni un comensal. Los mozos parados como estacas esperan a los clientes. Deben estar pensando en que sus trabajos penden de un hilo.
Sólo una pizzería está colmada, con gente afuera esperando a entrar. Parece que ser sensatos con los precios es el mejor negocio. Pero el ejemplo no cunde.
En el supermercado, la verdulería, la carnicería, hay movimiento. La fruta se vende por pequeñas cantidades porque está muy cara. Coches nuevos, la mayoría de alta gama, estacionan para comprar. Vienen desde las hermosas casas que pueden admirarse al pasear por aquí. Parece que la clase media alta que puebla mayoritariamente este lugar se decidió a cocinar.
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Llovió. Un viento helado sacude al pinar y arrastra montones de pinocha que se amontona en techos y veredas.
También sacó a los turistas de la playa y los volcó hacia el centro comercial.
Aparecieron camperas y sweters. Los gestos delatan el frío. Brazos cruzados buscando protegerse. Manos en los bolsillos. Algunos turistas sacan pecho a lo macho dentro de remeras de mangas cortas. Casi todas las mujeres llevan short o polleritas cortas, luciendo las piernas bronceadas. No resignan este placer. No podrán hacerlo cuando vuelvan a la rutina del trabajo, de la escuela.
Los pelos alborotados no preocupan a nadie. Las peluquerías se llenarán de clientas y comentarios dentro de algunos días, dependiendo de los presupuestos, que determinarán también cuántos días más durará la estadía en la costa.
Por ahora la desprolijidad en las cabelleras es aceptada con naturalidad. Casi como una marca que honra: somos las que estamos disfrutando de la playa.
Los comerciantes se ilusionan. Algunos entran a curiosear en sus negocios, preguntan precios, manosean la mercadería, salen con las manos vacías.
Una imagen exótica: ante el éxodo que dejó desiertas las playas, los carritos que todos los días ofrecen churros rellenos, bolitas, tortas fritas, pochoclos, trapos playeros, esta tarde son empujados por la calle, sorteando el tránsito. Ellos tampoco venden nada. Los churros con mate son para debajo de las carpitas y sombrillas. En la parte más “urbana”, aunque en realidad está sólo a 100 metros de la costa, pierden sentido.
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Tiene más de 60 años. Está separada hace más de diez. Siempre se queja de su soledad. En menos de tres meses va a jubilarse.
Es buena, solidaria. Arde de ganas de ir a Brasil pero no se anima porque no tiene con quién.
El gerente del hotel en que está parando con una amiga la invitó a ir con él a pasar una temporada en las playas cariocas.
Le dijo que no.

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PUCHO


- MONICA OCCHIPINTI

Soy Juan José Froilán , me dicen Pucho, nací en el año 1960 , en un pueblito de La Patagonia, soy rubio con un cabello tupido y enrulado, el cual rasco con mis uñas cuando estoy sentado en el auto esperando a alguien, y creo que nadie me ve, y luego miro a ver que quedaron en ellas.
Y, si! Tengo ojos celestes claros, nariz ancha y labios muy gruesos, sobre todo el inferior, demasiado grueso y siempre húmedo, lo cual me ha producido incomodidad o vergüenza desde que tome noción de la diferencia con los otros chicos .
Eso y mi altura de 1.97 ha sido para mi una verdadera incomodidad, he tenido que aprender desde pequeño a sobrellevar mis defectos, incluyendo un tamaño de pie enorme, que en zapatillas, ha sido siempre un N°48. Y, así es la vida!
Mi espalda, encorvada, producto del retraimiento que me ha dado siempre la talla y como una manera de ocultar mi cara para que no vean mi llamativo labio .
La mezcla de raza negra, europea e indígena, ha favorecido a mis hermanos menores pero no a mi. Y, así es la vida!
Aunque si me ha dado una voz muy potente y masculina, con la cual he podido disimular algo, mi poco agraciado aspecto físico.
Y, si. Crecí en una familia humilde y trabajadora, mi padre, Ángel, hijo de italiano y como todo “gringo” con un carácter muy explosivo, laburante como un burro, pero violento y agresivo.
Así como era de hermoso, con su rostro mulato y su espalda perfecta, era de irascible.
Tal vez porque trabajaba muchas horas y eso hacia que descansase poco, o tal vez solo porque su crianza fue muy dura, pero había días que la casa de mis padres era un verdadero infierno.
Y, si. Cuando llegaba del trabajo y la comida no estaba lista, el se enojaba, tiraba del mantel y caían platos, vasos y cubiertos por todos lados.
MI madre Silvia, hija de criollos, hermosa, ojos claros, boca carnosa, cabello castaños y ondulados, con una figura privilegiada y con un carácter tranquilo.
Demasiado tranquilo para ser buena compañera de mi padre. No entiendo aun como se eligieron. Ellos se casaron muy jóvenes, al tiempo me encargaron a mi y luego a 2 hermanos mas. Fabrizio y Eleonora. Y, así es la vida!
Fabrizio, morocho, cabellos ensortijados, bien proporcionado, seguro, divertido, se volcó para el lado de administración de empresas y le ha ido muy bien.
Eleonora, de baja estatura, pero con una belleza única, uso siempre el cabello corto como rapado, grandes aros y ropa muy ajustada marcando su cintura perfecta y sus pechos exuberantes. Ella se dedico a aprender danzas españolas. Desde pequeña consiguió que papa le pagara los estudios con una vecina que enseñaba en su casa. Y, así es la vida!
Volcaron toda su energía a trabajar la tierra y con ellos aprendí además de manejar las diferentes maquinarias agrícolas y a organizar lo referente a las cosechas, también a realizar conservas, dulces, embutidos y escabeches.
Y, si. A pesar de que ya son mayores, siguen manteniéndose activos, pero soy yo el que se encarga de la toma de decisiones importantes. Yo soy el chacarero del lugar.
Y, si, tengo 56 años, soy de clase media argentina, laburante, vivo con mi esposa Ana, que es tan pequeña de estatura que nadie cree que sea pareja mía, con un cabello largo y negro, y una figura rotunda con la cual ha sabido mantenerme enamorado todos estos años que llevamos juntos; y una de mis dos hijas, la menor, Karina, hermosa y fuerte como la madre, pero con un metro setenta, lo cual la hace impactante, ella esta estudiando diseño en indumentaria.
Nuestra hija mas grande, Andrea, ya se ha casado y tiene su propia vivienda. Ella es mucho mas parecida a Ana, aunque con el carácter de mi padre. Y, así es la vida!
Como siempre he consumido las comidas con mucho picante ya que desde que era pequeño, me acostumbré a tener en el almuerzo y en la cena un pequeño platito con ajíes varios molidos, y lo uso como aderezo para todo; tengo desde mi adolescencia un problema de hemorroides, que con los años se ha ido agravando, a tal punto que estos últimos meses debo de usar un protector femenino en mi ropa interior por el temor al sangrado inesperado. Por lo que en mi bolsillo derecho, ya que soy diestro, además de la billetera llevo uno por las dudas. Se que debería ir al doctor pero aun no me he hecho el tiempo.
Ah, me olvidaba de comentarles, algo con lo cual siempre me cargan y es mi manía de revolver la miel con la que endulzo mi desayuno cada mañana contando lentamente, 20 vueltas con la cucharita, para un mismo lado.

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LA VECINA

Autora:  FLAVIA MAZE



¡Ahí va la que ayudé, mirá como me paga, con una patada en el traste!
Nunca ponía plata para nada, comía todo. Es una muerta de hambre.
Ahí pasó y cómo mira para acá. ¿Qué busca?
No sé porque oportunidades no le doy, perdonarla tampoco. Más vale que se quede en su casa. Siempre pasa por esta calle y mira, saca el celular para que la vean.
Se la pasaba en mi casa, dormía, usaba Internet, me limpiaba y me rompió 12 copas, 6 platos, 5 tazas. Le tuve que descontar el sueldo, encima se vino con uno de los cinco machos a patotearme, a decirme que no tenía por qué descontarle el sueldo.
Pasa por acá, deja la basura en la puerta de mi casa.
¡Desagradecida! Un parásito!


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TRES MUJERES - 


ELEONORA GARCIA


MARÍA

María es así, casi invisible, aunque ella siempre tiene la sensación de que todos la miran. Eso la angustia porque siente que no es para aprobarla sino para criticarla por su aspecto apocado, insignificante. Casi nunca levanta la cabeza. Teme encontrarse con esas miradas demoledoras que imagina.
Vive en la casa de su hermano en las afueras de un pueblo semi rural. Él está casado y espera un hijo para dentro de unos meses. Su cuñada, Juana, la considera un estorbo y María lo sabe bien porque se lo demuestra día y noche. Está de más en esa casa que ya no es su hogar. Desde que llegó Juana hizo valer su autoridad de esposa y ama de casa.
Hace un tiempo María empezó a meterse por los laberintos de la Internet, cuando su hermano dejaba la la computadora prendida. Una forma de salir de la rutina agobiante de su vida. Juana la sorprendió y armó un escándalo, aprovechando la oportunidad para acusarla de espiarlos, una excusa cualquiera que no dejó pasar.
La convivencia se volvió insoportable, tanto que María se vio empujada a irse. Se conectó con una tía anciana que vive en la ciudad y le propuso ir a visitarla. Al menos para alejarse del infierno doméstico por unos días y, quizás, quedarse a vivir con ella.
Recuperó una vieja valija que había sido de su padre y allí metió alguna ropa, un libro de poemas, unos zapatos gastados y pasados de moda pero que consideró necesarios para su nuevo destino. En un bolso de mano guardó cartas antiguas que un novio adolescente le había escrito. Estaban amarillentas y plagadas de faltas de ortografía, pero para ella eran un testimonio de que alguna vez alguien la había querido. Al mediodía tomó su valija y se dirigió a la estación. El hermano la acompañó en silencio, tal vez compadecido o avergonzado o para estar seguro de que de una vez se iba. Se separaron con un gesto y María quedó allí, esperando el tren sumida en tristes pensamientos.
MATILDE
Estaba orgullosa de su nombre. Alguien le dijo que significa “Virgen con poder en el combate”. Pero resulta que ya no era virgen, y hacía tiempo que no tenía ningún poder ni fuerzas para combatir. Se casó enamorada y muy joven con Raúl, un empleado municipal. Como muchas, casi todas, creyó que a fuerza de cariño y devoción iría limando los pequeños defectos que veía en su esposo.
Con el tiempo quedó claro que la violencia era constitutiva del carácter de Raúl. Si al principio se manifestaba con actitudes despectivas hacia ella, pronto pasó a avergonzarla en público en los pocos momentos en que tenían algún contacto social. La celaba y le prohibió seguir trabajando como maestra con la justificación de que la única escuela disponible era rural y quedaba lejos del pueblo. Ella cedió en un intento por conservar la paz.
Aislada y humillada, lo único que añoraba era tener un hijo, pero no ocurrió. Raúl empezó a gritarle porque consideraba que ella era la culpable de la infertilidad de la pareja. Siguieron insultos y algunos golpes. Un día en que volvió borracho del bar del pueblo le pegó tanto que casi la desmaya y siguió una agresión sexual que la llenó de ira, vergüenza, indignación.
Fue un límite para Matilde. Tenía que huír de ahí porque ya nada podía retenerla. Las ilusiones de recién casada se habían evaporado junto con la alegría y las esperanzas. Tantos disgustos acumulados terminaron por despertar en ella la fuerza necesaria para luchar. Al fin se llamaba Matilde. Era el momento de empezar un combate por recuperar una vida libre y digna.
Debajo de la cama matrimonial estaba la valija, llena de cosas inservibles que se habían ido acumulando. Una mañana, cuando Raúl había salido para su trabajo, volcó todo en el suelo y puso adentro unos vestidos, la foto de sus padres, una cartuchera con útiles de escritorio, su título de maestra y un guardapolvo que había sido blanco que conservaba como un símbolo. En un bolsito de mano llevó un paquete de galletitas y algo de dinero que tenía escondido en un tarro de harina en la alacena. Volver a la casa de los padres no era lo ideal, pero por el momento no encontraba otra salida. Ya vería cómo explicar su retorno porque nunca había contado su desdicha.
Juntando toda su voluntad salió de la casa sin siquiera echar una última mirada por miedo a arrepentirse, y se encaminó a la estación de tren haciendo un rodeo para no encontrarse con su marido que estaría cumpliendo su rutina de empleado, porque el camino principal pasaba por la Municipalidad del pueblo. Por suerte la estación estaba bastante alejada y Matilde se sintió aliviada cuando pudo refugiarse en el salón de pasajeros donde no podían verla.
ANABELA
Cuando fue a la quinta con Julián le pareció una idea distinta e interesante. La casona con amplias galerías, la arboleda circundante, la hermosa piscina eran motivos suficientes para pasar unos días distendidos y placenteros. Es escritoria, tal vez ese entorno la motivara a producir algún nuevo texto.
Hacía varios meses que eran pareja. Siempre rodeados de amigos y de fiesta en fiesta, no se había presentado la oportunidad de convivir, no la habían buscado tampoco. Esta experiencia prometía ser definitoria del futuro de su relación. Quizá la propuesta de matrimonio fuera el corolario.
Llegaron después de atravesar una tranquera y por un camino bordeado de eucaliptos. La quinta se veía espléndida. Cerca de la casa principal había otra, más pequeña pero siguiendo el mismo estilo, donde habitaban los caseros.
Todo estaba perfecto. Lucy, la casera, salió a recibirlos con una sonrisa. Saludó con un beso a Julián, cosa que sorprendió a Anabela, pero le agradó porque valoró que tratara con afecto a sus empleados. Lucy los invitó a tomar un trago que les sirvió en la galería, mientras terminaba de preparar el almuerzo.
Conversaron tranquilos disfrutando de la vista del campo sembrado con trigo, cuyas espigas ondulaban armoniosas bajo el sol.
En un momento Julián fue hasta la cocina para ver si ya estaba lista la comida que les estaba incitando el apetito con su aroma. Pasado un rato y como no volvía, Anabela fue a buscarlo. No lo encontró. Las ollas bullían solitarias llenando el ambiente de vapores suculentos.
Desconcertada recorrió la casa en vano. Se dirigió a la casa de los caseros y un espectáculo que la dejó helada: Lucy apoyada en la mesada gemía con los ojos cerrados mientras Julián le metía la mano entre las piernas.
De la estupefacción pasó rápidamente a la furia. Los gritos de Anabela podrían haberse oído desde lejos, si hubiera alguien que los escuchara. De un manotazo tiró al suelo los platos y todo lo que estaba sobre la mesa, llorando de bronca se abalanzó sobre su novio sacudiéndolo e intentando pegarlo. En ese momento lo hubiera matado de haber podido. Él se defendió sacándosela de encima de un empujón y amenazó con golpearla también. Lucy se hizo a un costado, acomodándose la ropa.
Gritando y puteando Anabela salió de la casa, tomó su valija que estaba al costado del auto y se fue casi corriendo por el mismo camino por el que llegaron, maldiciendo a su mala suerte, a la maldita hora en que había conocido a Julián, a la puta de la casera, arrastrando su valija que iba dejando un surco en la tierra. Tenía que llegar a la estación de trenes a una distancia que no podía calcular bien en la inmensidad del campo.
TRES MUJERES. TRES VALIJAS
La estación mostraba el estilo que los ingleses le imprimieron casi dos siglos atrás. Las molduras metálicas que adornaban el techo hacía tiempo que se habían oxidado. En el andén de madera, polvoriento y reseco, había dos bancos de hierro forjado que en su momento habrían sido hermosos, con elegante diseño que une lo confortable con lo estético. Estaban necesitando una mano de pintura pero todavía cumplían con su función de dar reposo al viajero. El salón de pasajeros, con bancos alrededor, podría haber sido acogedor si no tuviera tan fuerte olor a orines rancios.
En su pequeña oficina el jefe de la estación miraba con curiosidad a las tres mujeres que llegaron portando una valija cada una. Casi todos los pasajeros apenas llevaban un bolso de mano o a lo sumo una caja de cartón atada con piolines.
Las mujeres, cada una sumida en sus preocupaciones, miraban cada tanto hacia las vías del tren, como si pudieran hacerlo aparecer con el pensamiento.
El timbre de un teléfono llamó la atención de los cuatro. El jefe atendió y resoplando salió al andén para comunicar a las pasajeras que el tren estaba demorado debido a un accidente, dos o tres horas, quizás más, nunca se sabe. Las mujeres se miraron y fueron a protestar, aunque seguramente sabían que era inútil. No tenían más remedio que esperar, pero al menos el incidente las había relacionado en un problema común, rompiendo el aislamiento en que estaban.
Como suele ocurrir entre viajeros, poco tiempo después las tres estaban contándose sus problemas, amparadas por la certeza de que no había riesgo en sus confidencias. Se iban de ahí. Ninguna pensaba volver. Sus destinos iban a separarse por lo que nada de lo que se dijeran tendría repercusiones en la parte de su vida que acababan de abandonar. La ancestral hermandad entre mujeres otra vez se puso en marcha, dándose ánimos mutuamente y deseándose la fuerza y la inteligencia necesarias para salir adelante a pesar de las adversidades.
No tenían forma de abastecerse de alimentos ni bebidas y la espera iba a ser larga. Matilde sacó su paquete de galletitas y lo puso a disposición para entretener el hambre hasta que llegara el bendito tren.
Anabela les contó que no quería nada que le recordara su relación con Julián. De hecho iba a tirar la valija por la ventanilla del tren cuando se pusiera en movimiento.
Matilde y María cruzaron una mirada. Anabela se veía tan joven y elegante... Seguramente en su valija habría cosas que a ellas les vendrían muy bien. Matilde hacía años que no compraba un vestido nuevo y María ni recordaba cuándo había ocurrido. Siempre llevaba ropa que otros descartaban y todo estaba en un estado lamentable.
Anabela comprendió. Les propuso abrir su equipaje y que sus nuevas amigas eligieran lo que les gustara. Igual ella no pensaba conservar nada. Quería borrar de su memoria todo lo ocurrido en este fatídico viaje, y las prendas elegidas cuidadosamente para esos días eran parte de él.
Las otras dos, superando sus pudores, se pusieron a rebuscar en la valija de Anabela. En un golpe de suerte ambas podrían hacerse de ropa nueva y a la moda. Se sintieron contentas por primera vez en mucho tiempo.
No sabían como agradecer los regalos, poco portaban, pero le dijeron a Anabela que tomara lo que le pareciera bien. Anabela descubrió las cartas de amor que llevaba María. Le dijo que le encantaría leerlas. Sería excelente material para una futura historia que escribiría. María aceptó, y acordaron que volverían a encontrarse para devolvérselas.
De la valija de Matilde no había nada que le pudiera interesar, pero para que no se sintiera mal eligió un vestidito de verano y le dijo que había sido más que generosa compartiendo las galletitas que llevaba, sabiendo que sería lo único que podrían comer hasta llegar a destino.
Fueron transcurriendo las horas. La charla les devolvió a las tres el ánimo que los malos momentos pasados les había arruinado.
De pronto a la distancia escucharon el silbato de un tren que se acercaba. Las tres mujeres se abrazaron, agradecidas de la compañía y la comprensión que se habían brindado.
Con paso firme subieron al tren.

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Bon appétit

Autora:  Tere Torres


_ Ya he registrado sus datos, descríbame paso a paso como se fueron dando los sucesos.Detalles, quiero detalles, señora
.
- Yo estaba en la cocina. Él llegó como todos los días. A la misma hora abrió la puerta, se sentó a la mesa a esperar la cena. Quieto, sin leer, mudo. El siempre se sienta a pensar en nada, con nada. Apoya sus manos, de vez en cuando hace cabalgar sus dedos sobre la mesa dándole tiempo al tiempo hasta que le sirva la comida. Es muy paciente. Ayer, cuando se sentó, yo ya tenía preparado todo en la mesada: unos fideos secos y cada ingrediente en su envase perfectamente limpio, con las medidas de higiene rigurosas. Hice la salsa. Puse a hervir agua y eché los fideos. Me pidió vino, se lo serví. Con su tenedor fue enroscando su suerte; grandes bocados masticándolos con placer. Y ahí se quedó. Duro sobre el plato. Mientras comía me quedé parada en la puerta de la cocina mirándolo desde lejos. Feliz, esta vez de darle lo mejor de mí. Disfruté mucho de esta cena, de cocinar. Sí, creo que de todas las veces que le preparé su comida, esta fue la más grata. Había buscado la mejor receta, tomé con delicadeza cada ingrediente, sin apuro, cuidando, para que cada uno de ellos no perdiera sus propiedades. Todos naturales, sin agregados químicos, y sobre todo comida fresca, de la zona. Me costó conseguir uno o dos ingredientes pero lo logré. Debe haber salido muy rico. No lo probé.
_¿Cómo era su marido? Con usted, me refiero…
-Paciente, muy sereno. De piel pálida, de alma flaca, tibio... A todo decía que sí. Era como un hermano, insulso, lento. Hablaba en tono muy bajo, inexpresivo. Hombre mueble o adorno. Y ya no sabía dónde ponerlo. Necesitaba redecorar mi vida.
_No fue clara con los ingredientes en su comida, usted dijo fideos con salsa, ¿qué más, señora? ¿Qué más? ¿Hubo postre, café?
-Como ya le expliqué, coloqué agua en la cacerola, no mucha, luego pulpo de anillos azules en su tinta. Fui revolviendo lentamente mientras se teñía el agua y se cocinaba a fuego lento; coloqué una araña, sí, le llaman “araña del rincón” o “del violín”, unos alacranes, medio frasco de hormigas coloradas. Sal, pimienta, hongos de esos bien lindos. Y luego agregué los fideos, se impregnaron en la salsa y se los serví.

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  Flor Esnaola Comas.


Tres mujeres se tienen que encontrar en un lugar del universo. Cada una llevará lo que le sobra, lo que no quiere.
Mujer 1: Vestido de casamiento – Libro de cocina – anillo de compromiso – un par de zapatillas de correr – tazas rojas - inspiración
Mujer 2: tres manzanas – cien pesos – un cuaderno en blanco – una pluma de tinta- lágrimas – té en hebras
Mujer 3: imaginación – unas calzas deportivas –cucharas – un equipo de mate – una canción –
Cuando se encuentran, desplegarán sus cosas. Harán intercambios.
Mujer 1 se queda con: equipo de mate , una canción , un cuaderno en blanco, imaginación y la pluma de tinta.
Mujer 2 se queda con: las calzas deportivas, las zapatillas de correr, lágrimas, cien pesos.
Mujer 3 se queda con: vestido de casamiento, anillo de compromiso, libro de cocina, tres manzanas.
y cada una vuelve también con una taza roja,
té en hebras y una cuchara

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“PANCHO, EL LOCO DE LA FLAUTA”

SUSANA CALVIS


PERSONAJE DEL PUEBLO (CUENTO)
A llegado el mes de febrero y con él “La Fiesta del Girasol”, todos nos preparábamos para recibirla con alegría y buena onda; elegíamos nuestras mejores pilchas, las chicas más jóvenes para lucir sus atributos quizás buscando que cayera algún forastero que lograra enamorarlas o porque no conseguir un noviecito, que para algunas cambiaría su vida, las más grandes también irían a la pesca de algún candidato. En fin todos se presentaba muy lindo pasacalles con los colores verdes y amarillos, vidrieras adornadas para la ocasión donde todas concursaban por un premio, realmente eran una belleza.
A la tardecita del día domingo comenzaron a desfilar las carrozas con sus respectivas reinas, una más bonita que la otra, la gente ovacionaba su pasada con aplausos, cantos y banderitas; era una inmensa emoción, pero allí también estaba él, nuestro loco de la flauta (el loco Pérez como comúnmente le decíamos). Tocaba su música y bailaba enloquecido, siempre con la espalda encorvada y una bolsa al hombro. Cuando alguno le decía algo les hablaba entre dientes enojado. Y ¡ojo! que le dijeras “Lugano” porque se enfurecía y era capaz de correrte por todos lados (nunca se supo por qué tanta bronca con ese apellido), de lo contrario te tiraba con piedritas pequeñas. Tenía los bolsillos repletos de piedritas. De todo pasaba. Los músicos tocaban sin parar canticos de todos los gustos hasta que llegaba el momento que las reinas subían al palco acompañadas por las autoridades: “el loco” seguía bailando y tocando su flauta mientras nadie lo molestara. Él estaba enamorado de todas, porque para él todas eran hermosas (era muy enamoradizo)- Ese día, además de tocar la flauta, se le había dado por juntar cosas del suelo, pero nadie mayormente le prestaba atención. Se anunció que había sido elegida la nueva soberana, el aplauso fue unánime, todos conformes, nos había gustado la nueva reina. Comenzaron a darle flores y regalos. En un momento todos mirábamos hacia el palco casi con temor, porque allí al lado de esa bella señorita, estaba nuestro “loco de la flauta” Qué hará este hombre, pensábamos, no sin cierto temor. Los de seguridad intentaban sacarlo, pero no había caso. Cuando menos lo esperábamos, saco de su bolsa un enorme cucurucho de papel de diario repleto de papelitos de caramelos de todos los colores y se lo obsequió a la reina. Luego se puso a tocar una melodía con su flauta y bailó a su alrededor.



  "Sesos en estado de gracia" Laboratorio de escritura y teatro Talleres literarios on line o presenciales. Adultos - Adol...